Opinión de
Erika Macedo
COMUNICAR Y CONECTAR | TRIUNFALISMO ANTICIPADO: CUANDO GANAR ANTES NO GARANTIZA VENCER
Los “adelantados” no solo se posicionan en la contienda, sino que construyen una narrativa de triunfo inevitable, como si la elección fuera un trámite y no un ejercicio democrático.
En la política contemporánea, cada vez es más común ver a actores que se proclaman ganadores mucho antes de que la ciudadanía tenga la última palabra. Los “adelantados” no solo se posicionan en la contienda, sino que construyen una narrativa de triunfo inevitable, como si la elección fuera un trámite y no un ejercicio democrático.
Pero la historia —y la realidad— nos recuerdan que ir adelante en la percepción no siempre significa cruzar primero la meta.
El triunfalismo anticipado es, en muchos casos, una estrategia de comunicación.
Se busca instalar la idea de que todo está decidido, que existe una ventaja irreversible, que no hay espacio para la sorpresa. Es una especie de espejismo político: una imagen atractiva que, vista de cerca, puede desvanecerse. Porque la percepción, aunque poderosa, no es equivalente al voto.
Las campañas adelantadas suelen apostar por el posicionamiento constante, la saturación mediática y la construcción de una imagen de fortaleza.
Se presentan como inevitables, como la opción “natural”. Sin embargo, ese discurso también puede generar un efecto contrario: desgaste, exceso de confianza o incluso rechazo ciudadano. Cuando alguien se asume ganador demasiado pronto, corre el riesgo de desconectarse de la realidad que pretende representar.
La política no es una carrera de cien metros donde quien arranca primero gana. Es más bien un maratón lleno de giros inesperados, donde la resistencia, la cercanía con la gente y la capacidad de adaptación marcan la diferencia. En ese trayecto, la ciudadanía observa, evalúa y decide. Y esa decisión no siempre coincide con las narrativas que se intentan imponer.
Hay una metáfora útil para entenderlo: algunos candidatos construyen fuegos artificiales, brillantes, ruidosos y llamativos, pero efímeros. Otros, en cambio, trabajan como faros: menos estridentes, pero constantes, iluminando el camino con coherencia y cercanía. Al final, cuando llega el momento decisivo, lo que permanece no es el estruendo, sino la confianza construida.
El riesgo del triunfalismo es que sustituye el diálogo por la imposición, la escucha por la certeza, la propuesta por la propaganda. Y en ese proceso, se pierde lo más valioso de la política: su capacidad de conectar con las personas, de entender sus necesidades y de construir soluciones reales.
Para la ciudadanía, el reto es no dejarse arrastrar por la ola de la percepción. No asumir que quien “parece” ganar, ya ganó. Ejercer el voto con información, con criterio y con libertad. Porque en democracia, el resultado no se define en encuestas, ni en discursos adelantados, sino en las urnas.
Al final del día, la política es un espejo de la sociedad. Y cuando la sociedad decide mirar más allá del brillo superficial, descubre que el verdadero liderazgo no se impone, se construye. Que no basta con parecer fuerte, hay que ser cercano. Que no basta con anunciar la victoria, hay que ganarla.
Porque en este juego, como en la vida, no siempre gana quien más ruido hace, sino quien logra conectar de verdad.
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