ENRIQUE A. RODRÍGUEZ: UN SIGLO A SU MANERA

A sus cien años —o quizá más, como él mismo deja entrever con picardía— Enrique Antonio Rodríguez Rodríguez no solo festeja la vida: la explica.

Rocío Pedroza
ENRIQUE A. RODRÍGUEZ: UN SIGLO A SU MANERA

GUADALUPE, ZAC.- El mariachi sonaba fuerte, alegre, como si también celebrara el tiempo. Entre guitarras y trompetas, Enrique, sin el “Don”, como él lo pidió, solicitó la canción: “A mi manera”. Y fue justo ahí, al ritmo de esa letra que habla de vivir sin arrepentimientos, donde comenzó todo. Entre versos y sonrisas, dio pie a la conversación. A sus cien años —o quizá más, como él mismo deja entrever con picardía— Enrique Antonio Rodríguez Rodríguez no solo festeja la vida: la explica.

Se le escucha lúcido, firme, dueño de sus palabras. No titubea. Responde como quien ha pensado mucho lo que dice, pero sin perder la sencillez. “Yo me siento exactamente igual”, afirma, casi desafiando al tiempo. Y luego, como si fuera lo más natural del mundo, da gracias a Dios. “He sido de los consentidos”, dice. No lo presume, lo constata.

Su memoria no se apaga. Recuerda, escribe, lee. Los libros siguen siendo sus compañeros. Las palabras, su territorio. Hay en él una claridad que no solo sorprende, sino que también reconforta: la mente sigue despierta, el corazón también.

Cuando se le pregunta por el secreto, no habla de dietas ni de remedios milagrosos. Habla de algo más simple, pero más difícil: no mentir.

“No mentir”, repite, como quien entrega una clave esencial. Explica que una mentira obliga a sostener otra, y luego otra más, hasta que todo se desmorona. En cambio, la verdad —aunque a veces incomode— libera. Para él, la autenticidad no es un discurso, es una forma de vivir.

A eso suma otra convicción: no hacerse daño a uno mismo como el “si hubiera”. Evitar los pensamientos que pesan, que lastiman, que desgastan. Vivir sin cargar culpas innecesarias, sin rencores. Y también, creer. En Dios, sí, pero también en uno mismo.

Su filosofía no es complicada. Es directa, como su manera de hablar. Ser auténtico. No tener miedo de vivir. No dejarse llevar por lo que digan los demás. “Que murmuren”, dice con una sonrisa que parece haber atravesado décadas.

En medio de la celebración, también hubo espacio para la poesía. Enrique declamó “En Paz” del poeta mexicano Amado Nervo. Sus palabras, dichas con voz pausada, resonaron distinto en ese contexto:

“Vida, nada me debes;

vida, estamos en paz.”

No fue solo un poema. Fue una declaración.

Su historia, por supuesto, no cabe en una sola tarde, y así lo dijo. Nació en El Salto, Durango, en un México rural que exigía trabajo desde la infancia. Aprendió pronto a ganarse lo que quería. Cuenta, por ejemplo, cómo vendiendo periódicos logró comprarse la camisa que deseaba, no la que podían darle. Desde entonces, dice, le gusta andar bien vestido, pero más le gusta haberlo conseguido por sí mismo.

Formó una familia grande, extensa, viva. Diez hijos, nietos, bisnietos. Un legado que no solo se mide en números, sino en historias compartidas. Porque si algo define a Enrique, es su capacidad de narrar. Sus pláticas —largas, llenas de humor, memoria y reflexión— siguen reuniendo a quienes saben que escucharlo es también aprender.

En lo familiar, la vida de don Enrique también se ha multiplicado con los años. Tras formar una primera familia junto a Consuelo Aguirre, con quien tuvo seis hijos, volvió a encontrar el amor en María del Rosario Reyes. Con ella construyó una nueva etapa y tuvo cuatro hijos más: Luis Armando, María de la Luz, Claudia y Patricia, quienes hoy lo acompañan de cerca y han sido testigos directos de esa lucidez, ese humor y esa forma tan suya de entender la vida. Son ellos —junto con el resto de su familia— quienes han crecido escuchando sus historias, sus consejos y sus reflexiones, esas que no vienen de los libros, aunque él los ame, sino de los años vividos.

En su festejo, entre música, risas y abrazos, Enrique no parece alguien que haya llegado al final de un camino. Más bien, da la impresión de seguir recorriéndolo, con calma, con conciencia.

Cien años —o más— no lo han detenido.

Sigue leyendo.

Sigue conversando.

Sigue pensando.

Y, sobre todo, sigue viviendo… a su manera.

Comparte esta nota: