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INMORTALES MUNDIALISTAS DE LA TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA: ENZO BEARZOT

Inició su carrera jugando para el Pro Gorizia de la Serie B italiana en 1946, jugando por dos años en este club.

José Ortega
Foto: Cortesía

Nacido un 26 de septiembre de 1927 en la capital italiana, fue un futbolista destacado, jugador de diferentes equipos de su país. Inició su carrera jugando para el Pro Gorizia de la Serie B italiana en 1946, jugando por dos años en este club. Sus cualidades como mediocampista fueron muy bien evaluadas por el club milanés Inter de Milán, que en 1948 lo llevó a jugar en sus filas y a hacerlo debutar en la Primera División. En este club se mantuvo hasta el año 1951, cuando pasó al Catania. En este club se mantuvo durante tres temporadas hasta su pase al Torino en 1954. En el club turinés desempeñó su actividad en dos períodos. El primero, de 1954 a 1956, año en el que cruzó a la vecina provincia de Milán para volver a vestir la casaca del Internazionale. Luego de finalizado su contrato en 1957, volvió al Torino en una segunda etapa que duró hasta el año 1964, cuando definitivamente colgó los botines. Lamentablemente, como jugador nunca obtuvo un campeonato.

Luego de su retiro como jugador, Bearzot decidió que era su momento para emprender su camino en la dirección técnica. Su primer paso lo dio en el mismo Torino, donde se desempeñó como entrenador de guardametas, para luego pasar a ser segundo entrenador. En 1969, luego de una pequeña incursión en el Prato de la Serie C (tercera división de Italia), fue designado director técnico de la Selección Sub-23. Con esta selección se mantuvo hasta el año 1974, alternando con el cargo de ayudante de campo del técnico Ferruccio Valcareggi en la selección mayor, a quien ayudó en los mundiales de México '70 y Alemania '74.

Tras el bochorno italiano de Alemania '74, las críticas hacia la selección azzurra comenzaron a aumentar. El entrenador Fulvio Bernardini renunció luego de su breve período y el descontento y la desaprobación adquirieron un rol protagónico en el ámbito deportivo de Italia. Bearzot tenía su turno para dirigir a la Squadra Azzurra. Con una visión amplia, Bearzot decidió resetear al equipo y preparar una nueva base para el próximo Mundial que se celebraría en Argentina. Es así que, para poder asentar su base, decidió convocar a la mayoría de los jugadores provenientes de la Juventus, que en ese entonces era el líder indiscutido de la Serie A. Así fue que, presentando un plantel con figuras jóvenes, Italia ofreció un planteamiento más dinámico, merced al juego que desplegaban las jóvenes figuras, entre las cuales ya se destacaban dos futuros íconos del futbol italiano: Paolo Rossi y Antonio Cabrini.

Si bien los resultados fueron buenos (cuarto puesto) en Argentina 1978, la afición esperaba más del equipo, pero las actuaciones de los jóvenes italianos dieron un indicio de lo que se vendría cuatro años después. Efectivamente, llegado el Mundial de España, y sin preocuparse por las críticas que llovían desde los diferentes puntos del ámbito futbolístico, tras el desastre de la Eurocopa 1980 en la mismísima Italia, Bearzot volvió a buscar el equipo que pudiera hacer callar a más de uno y así poder lograr la tercera Copa Mundial. Para ello, varió su equipo convocando a jugadores del Inter de Milán y de la Roma, como Altobelli y Conti. Además, demostrando que no hacía caso a las críticas, nuevamente convocó al delantero Paolo Rossi, quien había sido suspendido dos años antes por supuestas vinculaciones a apuestas futbolísticas.

Tras haber clasificado, el seleccionado azul tuvo una actuación muy floja en la primera fase del torneo, donde demostró una paupérrima actuación, salvando tres empates ante Polonia, Perú y Camerún, clasificando gracias a una mejor diferencia de gol respecto a los africanos. Tras estas actuaciones, Bearzot se refugió junto a los suyos en el cuartel de Vigo, donde comenzó a trabajar psicológicamente con los suyos. Fue la piedra fundamental de la construcción del nuevo campeón mundial.

A la fase de liguilla luego le sucedería la temida segunda fase, donde solo los ganadores de cada grupo gozarían del privilegio de disputar la semifinal. Precisamente, Italia compartió su grupo junto a dos rivales temidos: Argentina, el último campeón, y Brasil, el equipo más temido del torneo y amplio favorito para ganarlo. Sin embargo, a pesar de los cuestionamientos y el manto de duda puesto sobre la actuación italiana, Bearzot logró parar un equipo que lograría erigirse victorioso. En el primer partido, los azzurri consiguieron un gran triunfo por 2-1 frente a los argentinos, quienes se mostraron confiados y pecaron mucho al depender de su joven estrella: Diego Armando Maradona. Luego de la victoria, en la previa al partido contra Brasil, dos ingredientes se sumaron: Italia venía de una dura derrota a manos brasileñas en la final de 1970, donde la verdeamarela le arrebató a la azzurra no solo el tercer título, sino la posibilidad de quedarse para siempre con la Copa Jules Rimet. Además, como segunda situación, su estrella Paolo Rossi aún venía con la «pólvora mojada». A pesar de ello, Bearzot nunca dejó de aportarle confianza a sus dirigidos y tampoco se dejó amilanar por la historia.

Fue así que el 5 de julio de 1982, frente a un estadio de Sarriá repleto y un Brasil que alineaba, entre otros, a Sócrates, Zico y Falcão, Italia terminó destruyendo las aspiraciones brasileñas. Frente a la adversidad, los italianos comenzaron a creer en su equipo y aún más en su estrella Paolo Rossi, quien pudo definitivamente quebrar su mala racha frente al arco, marcando los tres goles con los que Italia pudo vengar todo su pasado y mandar de nuevo a Brasil a casa con un ajustado 3-2. Fue ahí donde nació el mito de "Santo Paolo" y donde comenzó a nacer la ilusión del pueblo italiano. En semifinales vencieron 2-0 a Polonia con doblete de Rossi.

Finalmente, el camino se cerraría el 11 de julio de 1982, cuando frente a los italianos se cruzaba Alemania para dirimir quién igualaría la marca de Brasil. La suerte nuevamente volvería a sonreírles a los italianos, quienes con goles de Rossi, Marco Tardelli y Alessandro Altobelli aplastarían a los alemanes, que ya no contaban con su máxima figura, el defensor Franz Beckenbauer. Tras el pitido final del árbitro brasileño Arnaldo Coelho, los italianos desataron una verdadera fiesta, en la que Enzo Bearzot sería su artífice máximo y quien finalmente trocaría críticas por elogios, para instalarse definitivamente en la galería de técnicos campeones del mundo.

De esta manera fue el artífice del tercer campeonato mundial de futbol de la Selección Italiana. Si bien no ganó título alguno como jugador o entrenador, el solo hecho de haber obtenido el título del mundo hizo que ingresara de lleno al Salón de la Fama de la FIFA como uno de los entrenadores campeones del mundo.

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