Opinión de
Susana Sánchez
LA FAMILIA | EL SHARENTING
La práctica del sharenting, padres que suben fotos y datos de sus hijos sin considerar su seguridad y su consentimiento, normaliza exponer a los más vulnerables y abre la puerta a riesgos reales que van desde la pérdida de control sobre la propia imagen hasta posibles usos indebidos de esa información.
En esta era del compartir constante, lo privado se ha convertido en contenido. Perder la intimidad familiar no es una anécdota tecnológica, es una fractura silenciosa que reconfigura como nos reconocemos como familia, esas conversaciones a puerta cerrada sobre temas importantes o incluso triviales, ya no forman parte de la intimidad familiar.
La práctica del sharenting, padres que suben fotos y datos de sus hijos sin considerar su seguridad y su consentimiento, normaliza exponer a los más vulnerables y abre la puerta a riesgos reales que van desde la pérdida de control sobre la propia imagen hasta posibles usos indebidos de esa información.
Y es que no es solo cuestión de exposición, es también la economía de la apariencia la que impone reglas. Ahora vemos como muchos eventos familiares se transforman en espectáculos donde lo principal ya no es vivir el momento especial, sino capturarlo para la audiencia. Se prioriza la fotografía perfecta sobre la emoción autentica y con ello se fragmenta la experiencia. El cerebro, habituado a buscar validación externa, refuerza circuitos de recompensa inmediata ligados a los likes, que son como aplausos digitales.
Estudios demuestran que la presencia de un celular reduce la calidad de la conexión interpersonal y la empatía en las conversaciones cara a cara. El experto Sherry Turkle advierte que la tecnología sin límite erosiona la capacidad de atención y la profundidad emocional necesaria para la convivencia íntima.
Hemos desechado lo íntimo también en lo económico, las celebraciones se convierten en vitrinas para la exhibición donde con derroche se prioriza la viralidad del momento sobre la memoria compartida que da como resultado una dinámica familiar donde la autenticidad cede ante la performatividad y la presión social y donde los respetos humanos se funden con la apariencia.
Ahora bien, para proteger lo privado primero debemos ser muy valientes y establecer límites claros como pueden ser: designar zonas sin publicación y horarios sin pantallas, especialmente en momentos de reuniones. Documentar para la familia y no para la audiencia. También podemos hacer el ejercicio de no publicar menos fotos de menores o si ya son mayores, pedir su consentimiento. Además, podemos recuperar rituales domésticos desligados de la cámara y de las redes sociales, y, por último, educar en el uso consciente de redes, explicando por qué su huella digital importa.
También es clave aprender a desechar revisando periódicamente lo compartido, eliminando cuentas y contenidos innecesarios o usando configuraciones de privacidad firmes. Limitar la vinculación entre datos personales y perfiles públicos reduce riesgos.
Finalmente, volver a poner el piso en la vida familiar exige voluntad: priorizar la presencia sobre la apariencia, valorar la intimidad de un momento o un bien relacional insustituible y recordad que no todo merece ser testimoniado en público.
La intimidad no es un bien obsoleto, es el tejido que sostiene la confianza y la comunicación, la transmisión de valores y hasta la estabilidad emocional. Recuperarla es proteger a quienes más queremos y a la vez, reencontrar la sencillez de vivir el instante sin pensar primero en la foto y en cuantos likes recibirá.
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