PALABRA VIVA | LA CRUZ NO FUE EL FINAL, FUE EL COMIENZO
En el Getsemaní comienza el sufrimiento más profundo de nuestro Salvador, su alma estaba profundamente angustiada, al punto que su sudor se volvió como grandes gotas de sangre que caían a la tierra, reflejando una presión extrema tanto física como espiritual.
La muerte de Jesús no cerró una historia, abrió la puerta a la salvación para todos
La historia más trascendental de la humanidad no comenzó en un trono, sino en una cruz, allí, Jesucristo cargó no solo con el dolor físico, sino con el peso del pecado de toda la humanidad, cumpliendo su misión como el Cordero de Dios.
En el Getsemaní comienza el sufrimiento más profundo de nuestro Salvador, su alma estaba profundamente angustiada, al punto que su sudor se volvió como grandes gotas de sangre que caían a la tierra, reflejando una presión extrema tanto física como espiritual.
Postrado sobre su rostro, Jesús oró al Padre pidiendo, si fuera posible, pasar aquella copa, pero sometiéndose completamente a la voluntad divina. En ese momento no solo enfrentaba la muerte física, sino también la carga del pecado del mundo y la separación espiritual, aun así, fue fortalecido para cumplir su propósito redentor.
Tras su arresto, los acontecimientos avanzaron rápidamente: fue llevado ante las autoridades religiosas, negado por Pedro, condenado por el Sanedrín y juzgado ante gobernantes civiles, luego vinieron la burla, los azotes y la sentencia de muerte, finalmente, cargó su cruz hasta el Gólgota, donde fue crucificado en medio del dolor más extremo.
Durante todo este proceso, Cristo sufrió abandono, humillación y violencia, fue escupido, golpeado, coronado con espinas y maltratado sin misericordia, sus manos y pies fueron traspasados, cumpliéndose así la profecía de que sería herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados.
En la cruz, Jesús clamó con voz fuerte expresando el momento más profundo de su sacrificio: la separación de Dios al tomar el lugar del pecador. Él fue abandonado para que nosotros no lo seamos, antes de entregar su vida, declaró que la obra había sido consumada, señalando que la deuda del pecado había sido completamente pagada, luego encomendó su espíritu al Padre.
En ese instante, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, simbolizando que el acceso a la presencia de Dios quedaba abierto para toda la humanidad, ya no habría separación, por medio de Cristo, todo aquel que cree en Él, puede acercarse libremente a Dios.
Pero el sacrificio de Cristo no solo abrió el camino a Dios; también trajo consigo grandes bendiciones: perdón de pecados, reconciliación con el Padre, justificación, paz, vida eterna y la presencia del Espíritu Santo. Además, Cristo permanece como nuestro intercesor, mediador, abogado y Sumo Sacerdote. Nadie, absolutamente nadie, puede acudir al Padre si no es por medio de Él.
Tras su muerte, su cuerpo fue colocado en una tumba y, durante el día de reposo, todo parecía en silencio, como si la esperanza hubiera sido sepultada, sin embargo, el plan de Dios seguía en marcha.
Al tercer día, la tumba quedó vacía, la resurrección de Jesucristo es una verdad esencial del Evangelio, confirma que Él es el Hijo de Dios, valida su obra redentora y asegura el cumplimiento de las Escrituras, además, establece la certeza del juicio futuro, fundamenta el envío del Espíritu Santo y sostiene el ministerio actual de Cristo como intercesor, nos da seguridad de la vida eterna y de nuestra futura resurrección, y pone a nuestra disposición su poder para vencer el pecado cada día.
La cruz no fue el final, fue el comienzo de una esperanza viva. Cristo murió por nosotros, pero resucitó con poder, y volverá en gloria para someter a todos sus enemigos bajo sus pies.
Y lo mejor, en Él, hoy, hay salvación.
Dios bendiga tu vida, nos leemos en 15 días…
Citas bíblicas
Juan 1:29; Mateo 26:37, 39, 47-56; Lucas 22:44, 61; Hebreos 5:7; Juan 18:13; Marcos 14:64; Lucas 23:1-11; Juan 19:17, 30; Isaías 53:5; Mateo 27:46, 51; Lucas 23:46; Hebreos 10:19-20; Efesios 1:7; Romanos 5:1; Colosenses 1:20; Juan 3:16; Hebreos 7:25; 1 Timoteo 2:5; 1 Juan 2:1; Mateo 27:59-60; Lucas 24:6; Romanos 1:4; 1 Corintios 15:17, 52, 25; 1 Pedro 1:3; Juan 11:25; Romanos 6:14; Romanos 5:8; Mateo 25:31; Hechos 4:12.