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REVIVE EL CORAZÓN VERDE DE ZACATECAS Y ENAMORA A NUEVAS GENERACIONES

Este 29 de mayo, la memoria vuelve inevitablemente a 1949, cuando fue inaugurado oficialmente por el entonces presidente Miguel Alemán y el gobernador Leobardo Reynoso.

Merari Martínez
Foto: Merari Martínez

ZACATECAS, ZAC.- Hay lugares que no se visitan: se atraviesan como si fueran un umbral de tiempo. El Parque Sierra de Álica (Parque General Enrique Estrada), en el corazón de Zacatecas, es uno de ellos. Bajo la sombra de árboles centenarios y entre el murmullo constante de sus fuentes, el parque no parece construido, sino crecido desde la propia geografía emocional de la ciudad.

Este 29 de mayo, la memoria vuelve inevitablemente a 1949, cuando fue inaugurado oficialmente por el entonces presidente Miguel Alemán y el gobernador Leobardo Reynoso. Pero más allá del acto protocolario, lo que permanece es la huella de un proyecto iniciado en 1944, cuando el terreno fue intervenido con una intención poco común para su época: respetar sus desniveles naturales y convertirlos en un escenario vivo, casi orgánico.

Hoy, quienes lo recorren lo describen como un refugio que resiste el ritmo acelerado de la ciudad. Una joven estudiante que lo visita con frecuencia lo resume sin rodeos: “Aquí Zacatecas baja la voz; uno viene pensando y se va sintiendo”.

Entre sus senderos, el llamado “Cupido Zacatecano” sigue siendo punto de encuentro para parejas, selfies y promesas discretas. Un comerciante cercano lo observa con una mezcla de nostalgia y costumbre: “Este parque ha visto más historias de amor que muchos libros de la ciudad”.

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Pero no todo es romanticismo. La memoria cívica también habita el espacio. Durante su inauguración fue trasladado al lugar el monumento ecuestre del general Jesús González Ortega, recordatorio de que el parque no solo es descanso, sino también relato histórico. Un guía local lo explica con claridad: “Si uno escucha bien, el parque no es silencioso; está lleno de voces antiguas que todavía cuentan la ciudad”.

Rodeado del Museo Francisco Goitia, el Templo de Fátima y el Acueducto El Cubo, el parque se integra a un entorno patrimonial que lo desborda sin borrarlo. Las recientes remodelaciones de sus fuentes danzarinas han devuelto el espectáculo del agua en movimiento, como si la modernidad hubiera decidido, por fin, hablar el mismo idioma que la memoria.

Al final del día, cuando la luz se quiebra entre las ramas y las parejas ocupan lentamente las bancas, el parque confirma su condición: no es solo un espacio verde, sino una pausa colectiva en medio de la ciudad. Y en esa pausa, Zacatecas se reconoce a sí misma.

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