Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | EL OTRO NOS MIRA
Un violento suceso ocurrió la noche del martes 22 de septiembre de 2026 en la comunidad de Las Tacitas, un ejido de origen tzeltal en el municipio de Ocosingo, Chiapas.
“Brujería”
Para Jean-Paul Sartre, las relaciones humanas no son armónicas por naturaleza; son estructuralmente conflictivas. En su obra teatral A puerta cerrada (Huis clos) el personaje Garcin sostiene una premisa radical: “El infierno son los demás”.
Un violento suceso ocurrió la noche del martes 22 de septiembre de 2026 en la comunidad de Las Tacitas, un ejido de origen tzeltal en el municipio de Ocosingo, Chiapas. Un hombre y una mujer fueron linchados y quemados tras ser acusados de realizar prácticas de "brujería". Según los reportes preliminares y testimonios locales, un grupo de pobladores sacó a las víctimas de su domicilio. Posteriormente, las trasladaron al área central de la comunidad —el domo principal o patio de una escuela primaria—, donde sufrieron golpes y tortura antes de que la multitud les prendiera fuego de forma directa. Los cuerpos sin vida fueron abandonados a los márgenes de un camino a las afueras del lugar.
Para aproximarnos a este hecho desde la mirada sartreana, conviene reflexionar sobre lo que esconde la frase “el infierno son los demás”. Mientras estoy solo en mi mundo, soy un sujeto (para-sí): conciencia libre, posibilidad pura, el centro que percibe y otorga sentido a las cosas. Sin embargo, cuando el Otro me mira, la dinámica cambia drásticamente. Experimento que me convierto en un objeto dentro de su campo perceptivo.
Es entonces cuando la mirada ajena roba la libertad y nos congela en una definición. El Otro puede decidir quién soy —el mujeriego, el cobarde, la bruja, el culpable— desde su propia subjetividad y sin pedir permiso. Cuando irrumpe lo inexplicable en una comunidad —el miedo al absurdo, la enfermedad, la angustia ante la incertidumbre o la desgracia—, la mirada sobre el otro se convierte en la respuesta rápida. Para liberarse de la angustia que produce el sinsentido, la masa necesita construir un culpable artificial a quien responsabilizar de todos los males.
En este punto, la acusación popular opera como una mirada totalitaria que condena y redifica la existencia del acusado, sin dejarle posibilidad de defensa. La multitud decide quién es la "bruja" y reduce la densidad de toda una vida a una etiqueta fatal.
Aunque se tiende a ver las cacerías de brujas de la Edad Media o el pánico puritano de Salem (1692) como barbaries del pasado —edades oscuras supuestamente superadas por la razón—, este suceso demuestra cómo reaparecen esos mismos mecanismos. En Salem no se requerían pruebas físicas; bastaba el señalamiento. En las redes sociales contemporáneas ocurre algo análogo: basta un video descontextualizado o una imagen incriminatoria para desatar el linchamiento digital. La publicación de una identidad en red equivale a la exhibición en la plaza. Cada comentario de indignación, cada retweet o contenido compartido funciona exactamente como la leña que cada habitante del pueblo aportaba al fuego para reafirmar su propia pureza moral.
Ya sea en contextos arcaicos o en la época digital, el riesgo central no radica únicamente en que la mirada ajena nos cosifique, sino en permitir que la mirada anónima de la masa sustituya al encuentro cara a cara. En la relación intersubjetiva personal, si bien existe la posibilidad de la reificación, también se conserva la apertura al reconocimiento, la escucha y el diálogo. Sin embargo, cuando la masa toma el control, el mecanismo de fondo permanece intacto: solo cambian la plaza pública y la velocidad con la que se enciende la pira.
¿No demuestra acaso la violencia de la masa —sea con gasolina en un pueblo aislado o con clics y condenas virales en una pantalla— que mientras la técnica y la tecnología avanzan a pasos agigantados, la tentación del chivo expiatorio permanece intacta en la condición humana?
Alejando Bravo.
Análisis Existencial
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