MES DEL TESTAMENTO
Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | REC

Cuando era adolescente, mi madre me regaló una grabadora para mi cumpleaños.


“Música gratis”


Cuando era adolescente, mi madre me regaló una grabadora para mi cumpleaños. Fui inmensamente feliz con ese presente: por fin podía escuchar mi propia música y, al mismo tiempo, piratear mis canciones favoritas de las estaciones de radio.

El procedimiento era simple pero riguroso. Había que colocar un casete —confío en que los lectores más jóvenes sepan lo que es—, esperar a que el locutor terminara de presentar el tema y, justo en el momento preciso, presionar el botón de REC. Mientras el tema sonaba, a veces cantaba y otras bailaba, pero la atención no podía dispersarse: cuando la canción estaba por culminar, debía estar preparado para oprimir STOP. Cualquier vacilación o fallo en el mecanismo podía colar la voz del locutor, el inicio del siguiente tema o la entrada de un comercial.

Ese pulso del adolescente frente al aparato —el cálculo exacto, el reflejo en tensión para apretar los botones a tiempo— exigía cuidado y una presencia absoluta. El riesgo de la interrupción no era un simple fallo, sino la huella material del azar, una pequeña imperfección que volvía única a esa grabación. La música se esperaba con paciencia; se tejía con el tiempo propio. Y lo verdaderamente fascinante era la posibilidad de escucharla gratis.

Años después, irrumpió la era de los CD y las computadoras. Las grabadoras quedaron atrás y se modernizaron los métodos para conseguir música sin costo. ¿Alguien recuerda Ares? Era una plataforma desde la cual se podían descargar gratuitamente canciones, videos e incluso películas completas. Desde luego, junto con el archivo deseado desembarcaba una fila enorme de virus troyanos y otros programas maliciosos que, a la larga, arruinaban el equipo. Pero al final parecía no importar: la pantalla devolvía algo gratis.

MES DEL TESTAMENTO

Pasamos de la espera artesanal a la acumulación voraz. El atractivo era ese catálogo infinito al alcance de un clic, aunque el peaje fuera invisible al principio: el troyano acechando en las entrañas del sistema. Estábamos dispuestos a arriesgar la integridad de la computadora porque la promesa de la gratuidad absoluta —de poseerlo todo sin mediaciones— resultaba del todo seductora.

Hoy habitamos una paradoja más sutil. Plataformas como YouTube o Spotify prometen un acceso ilimitado bajo la bandera de lo accesible, pero nos cobran con la moneda más cara que poseemos: nuestra atención fragmentada. El comercial que interrumpe la reproducción ya no es un accidente técnico como la voz del locutor en los noventa; es un dispositivo diseñado milimétricamente para fracturar el flujo de la experiencia.

Creemos que escuchamos música de forma gratuita, pero no es así. Al final, este recorrido muestra cómo la tecnología promete liberarnos de las ataduras del pasado —de la espera paciente frente a la radio o de los virus informáticos—, para sumergirnos en una nueva forma de servidumbre donde el ruido nunca se detiene del todo.


*Análisis Existencial


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