Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | VEGTAM
Recuerdo que hace una década escuché una conferencia de Steve Jobs en la que decía: “No puedes conectar los puntos mirando hacia adelante; solo los puedes conectar mirando hacia atrás”.
“Caminante”
Mañana emprenderé un largo viaje. Me espera un evento crucial, uno por el que he trabajado incansablemente durante los últimos diez años. Recuerdo que hace una década escuché una conferencia de Steve Jobs en la que decía: “No puedes conectar los puntos mirando hacia adelante; solo los puedes conectar mirando hacia atrás”. Aunque él popularizó esta noción en su famoso discurso de Stanford para hablar de la confianza y la carrera profesional, la frase resignificó para mí una profunda verdad filosófica y existencial sobre cómo construimos el sentido de nuestra propia vida. Puede resultar extraño, pero esa idea sembró una semilla en mi camino.
Si regreso a lo que era hace diez años, solía vivir obsesionado con el futuro, intentando forzar que los acontecimientos encajaran en un plan predeterminado. Sin embargo, a través de la lectura de los filósofos existenciales, comprendí que el devenir de la vida está impregnado de contingencia, azar y giros inesperados. Mientras más avanzo, más descubro que camino en gran parte a ciegas; la incertidumbre es una dimensión ineludible de mi existencia. Exigirme que el presente tenga un sentido cerrado e inmediato suele generar angustia, porque me encuentro en medio del flujo de la experiencia, no fuera de él. Y aun así, esa misma angustia se convirtió en el motor que me impulsó hacia las posibilidades que hoy estoy cerca de abrazar.
Aunque mi formación primera no es la de psicólogo, sino la de historiador, me atrevo a decir que el ser humano es, ante todo, un creador de significados narrativos. Los hechos por sí solos —los “puntos”— a veces parecen caóticos, dolorosos o irrelevantes cuando ocurren. Es solo con la distancia del tiempo, al mirar hacia atrás, cuando la conciencia puede hilar esos fragmentos dispersos y transformarlos en una historia con sentido. Lo que en su momento fue una crisis, una pérdida o un desvío del camino —la renuncia a las fiestas, el distanciamiento de amigos o del amor, y el abandono de los estándares establecidos—, se revela años después como el eslabón indispensable para llegar a donde me encuentro hoy. Tal vez el sentido no se encuentra de frente; se teje al recordar.
Aceptar que los puntos no se pueden conectar hacia adelante es una invitación directa a soltar el control rígido. Requiere una profunda dosis de confianza —ya sea en uno mismo, en la vida, en el proceso o en el destino— para seguir caminando a pesar de que el panorama actual parezca confuso. Es saber que, aunque hoy el diseño del mapa no tenga pies ni cabeza, llegará el día en que el transcurrir del tiempo le otorgue su propia coherencia.
¿Parece fácil? No lo ha sido en absoluto. El dolor y la confusión están presentes todo el tiempo; incluso los siento ahora, mientras escribo. En estos diez años he perdido mucho, y esas ausencias son parte de mi presente. Aunque uno podría pensar que este viaje es el capítulo final de la historia, en realidad es un hito con el que me relaciono desde una nueva madurez, un nodo cuyo sentido pleno solo podré descifrar en el transcurrir de los días. En el fondo, vivir es un acto de valentía que se experimenta hacia el futuro, pero que solo se comprende y se reconcilia desde el pasado.
Søren Kierkegaard dejó escrita en sus diarios de 1843 una de sus sentencias más célebres, plasmando con precisión esta condición humana:
“La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás,
pero solo puede ser vivida mirando hacia adelante”.
Para el padre del existencialismo, el ser humano está atrapado en una tensión constante. Vivir exige tomar decisiones a cada instante de cara al futuro, arrojándonos a la incertidumbre y a la angustia (Angst), porque elegimos sin tener garantías del resultado.
Hace diez años hice mi primera cumbre en el Nevado de Toluca. Por primera vez alcé la mirada, dejé de ver el suelo y comencé a contemplar el cielo. A lo lejos, otras cumbres me observaban: las montañas más altas del país. Las escalé ese mismo año, y cuando en el Citlaltépetl (el Pico de Orizaba) alcancé la cima de mi tierra, nació en mí el anhelo de ir a buscar las cumbres que yacen en el resto del mundo.
Así que aquí estoy, listo para partir, con el deseo inquebrantable de seguir aprendiendo. Acepto que el peso de la existencia radica en que camino a ciegas hacia el mañana, y que solo cuando ese futuro se convierte en pasado y se asienta en la memoria, la razón puede entrar a ordenar el caos para otorgarme la comprensión.
Coincido plenamente con la mirada existencial en que la prisa por querer “vivir al máximo” el presente es una trampa de la época. La existencia solo se puede experimentar abrazando la incertidumbre de dar el siguiente paso, sin tener la certeza de si es o no la mejor dirección. Se trata, simplemente, de arrojarse, confiando en que encontraremos un acto de reconciliación cuando logremos detenernos, de tanto en tanto, solo para mirar el rastro de nuestros propios pasos.
Alex Bravo.
Análisis Existencial
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