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Susana Sánchez Opinión de Susana Sánchez

LA FAMILIA | CUANDO LA FAMILIA DEJA DE CONSTRUIR PERTENENCIA, ALGUIEN MÁS LO HARÁ

No se trata solamente de “encajar” o seguir modas: pertenecer significa sentirse visto, escuchado, valorado y parte de algo más grande que uno mismo.

“La necesidad más profunda del ser humano es pertenecer y ser amado.” Abraham Maslow

En la adolescencia existe una necesidad profunda de pertenecer. No se trata solamente de “encajar” o seguir modas: pertenecer significa sentirse visto, escuchado, valorado y parte de algo más grande que uno mismo. Cuando la familia logra ofrecer ese espacio de identidad y afecto, los jóvenes desarrollan mayor estabilidad emocional y criterio personal. Pero cuando ese sentido de pertenencia se debilita dentro del hogar, otros grupos, figuras mediáticas o comunidades digitales ocupan rápidamente ese lugar.

Fenómenos globales como BTS muestran con claridad esta realidad. Millones de adolescentes en el mundo encuentran en este grupo musical no solo entretenimiento, sino identidad, compañía emocional y hasta sentido de comunidad. Lo mismo sucede con influencers, streamers, comunidades de videojuegos o tendencias virales en redes sociales. Muchos jóvenes conocen más profundamente la vida de celebridades de internet que la historia emocional de sus propios familiares.

El problema no es necesariamente que los adolescentes admiren artistas o formen parte de comunidades culturales. Toda generación ha tenido referentes musicales y sociales. Lo preocupante aparece cuando esas referencias sustituyen el vínculo familiar y se convierten en la principal fuente de validación emocional. Entonces la identidad del joven comienza a construirse desde afuera y no desde el hogar.

El psicólogo canadiense Gordon Neufeld, experto en desarrollo infantil y apego, explica que los adolescentes necesitan “anclas afectivas” en sus padres para no quedar excesivamente orientados hacia sus pares o hacia la cultura dominante. Cuando la conexión emocional familiar se rompe, el joven buscará desesperadamente pertenecer a cualquier grupo que le ofrezca aceptación inmediata, aunque ese grupo transmita valores superficiales o incluso dañinos.

Las redes sociales han multiplicado este fenómeno. Hoy los algoritmos detectan inseguridades, gustos y emociones con enorme precisión. Un adolescente que se siente solo puede encontrar en pocas horas una comunidad virtual que le prometa comprensión, identidad y reconocimiento. El problema es que muchas veces esas comunidades generan dependencia emocional, consumo compulsivo o una visión distorsionada de la realidad.

Además, muchos padres enfrentan jornadas laborales agotadoras, cansancio constante y una dinámica familiar acelerada que deja poco espacio para convivir realmente. Se comparte la casa, pero no siempre la vida. Y la pertenencia no se construye únicamente con proveer económicamente: se construye con conversaciones, atención, tradiciones familiares, escucha genuina y tiempo compartido.

La familia sigue siendo el lugar más importante para formar identidad. Un adolescente que se siente amado y escuchado en casa tendrá más herramientas para admirar fenómenos culturales sin perderse en ellos. Podrá disfrutar música, tendencias o redes sociales sin convertirlas en el centro de su valor personal.

Tal vez la gran pregunta para los padres de hoy no sea qué consumen sus hijos en internet, sino qué tan fuerte es el sentido de pertenencia que están construyendo dentro del hogar. Porque cuando una familia deja vacío ese espacio, alguien más inevitablemente lo ocupará

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