Opinión de
Adrián Nevares
ENTRE CIFRAS Y REALIDADES | EL REGRESO A CLASES Y EL RESPETO A LOS DERECHOS HUMANOS
El regreso a clases representa mucho más que retomar horarios, actividades académicas y dinámicas escolares.
El regreso a clases representa mucho más que retomar horarios, actividades académicas y dinámicas escolares. Significa reencontrarnos como comunidad, recuperar espacios de convivencia y asumir nuevos retos frente a una realidad que continúa transformándose. Hablar de una nueva normalidad implica también reconocer que la educación debe colocar en el centro a las personas y, con ello, el respeto irrestricto a los derechos humanos.
La escuela es uno de los principales espacios donde aprendemos a convivir con quienes piensan, sienten y viven de manera diferente. Por ello, regresar a las aulas debe significar también renovar nuestro compromiso con una convivencia basada en el respeto, la igualdad, la inclusión y la dignidad humana. No basta con enseñar conocimientos; la educación debe contribuir a formar ciudadanos capaces de reconocer los derechos propios y los de los demás.
En este contexto, el respeto a los derechos humanos no puede ser un discurso aislado ni limitarse a fechas conmemorativas. Debe reflejarse en las relaciones cotidianas entre estudiantes, docentes, trabajadores y autoridades. Se expresa al escuchar sin prejuicios, al evitar cualquier forma de discriminación, al reconocer la diversidad y al generar condiciones para que todas y todos puedan participar y aprender.
La nueva normalidad también nos invita a cuestionar aquellas prácticas que durante mucho tiempo hemos considerado normales, pero que pueden generar exclusión, violencia o desigualdad. La escuela tiene la responsabilidad de construir ambientes donde prevalezcan el diálogo y la tolerancia, donde las diferencias no sean motivo de rechazo y donde el conflicto pueda resolverse mediante la comunicación y el respeto.
Regresar a clases, entonces, es una oportunidad para comenzar nuevamente, pero también para hacerlo de una manera diferente. Cada aula puede convertirse en un espacio para aprender matemáticas, ciencias, historia o literatura, pero también para aprender a convivir, a respetar y a reconocer la dignidad de cada persona.
La verdadera nueva normalidad educativa será aquella en la que nadie tenga que renunciar a sus derechos para sentirse parte de la comunidad escolar. Porque educar también significa formar seres humanos conscientes de que el respeto a los derechos humanos no es una opción: es la base de una sociedad más justa, incluyente y solidaria.
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