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Adrián Nevares Opinión de Adrián Nevares

ENTRE CIFRAS Y REALIDADES | LA CAPACITACIÓN PERMANENTE EN DERECHOS HUMANOS

Hablar de derechos humanos implica hablar de nuestra vida cotidiana.

Hablar de derechos humanos implica hablar de nuestra vida cotidiana, de la manera en que nos relacionamos con las demás personas y de la sociedad que queremos construir. Por ello, la capacitación permanente en esta materia no debería considerarse únicamente una actividad institucional o un requisito, sino una herramienta indispensable para fortalecer una cultura basada en el respeto, la dignidad y la convivencia.

En una sociedad diversa como la nuestra, conocer los derechos humanos nos permite comprender que todas las personas tenemos la misma dignidad y que nuestras diferencias no deben convertirse en motivo de discriminación, exclusión o violencia. Todas, todos y todes tenemos la responsabilidad de conocer, atender y respetar los derechos de quienes nos rodean.

La formación en derechos humanos adquiere una importancia particular en las instituciones educativas. Las escuelas y universidades no solamente transmiten conocimientos académicos; también son espacios donde se construyen formas de convivencia, se desarrollan valores y se aprende a reconocer al otro como una persona con derechos. Por ello, quienes formamos parte de una comunidad educativa tenemos una responsabilidad adicional: actuar de manera congruente con aquello que enseñamos.

La capacitación constante permite actualizar nuestros conocimientos, identificar prácticas que pueden vulnerar derechos y contar con mayores herramientas para prevenir y atender situaciones de discriminación, violencia o exclusión. También favorece el diálogo y nos ayuda a comprender que respetar los derechos humanos no significa pensar de la misma manera, sino aprender a convivir desde nuestras diferencias.

MES DEL TESTAMENTO

En este sentido, la capacitación debe ser un proceso permanente, abierto a la reflexión y vinculado con las situaciones que enfrentamos diariamente. No basta con conocer las leyes o los protocolos; es necesario convertir esos conocimientos en prácticas concretas de respeto, empatía, inclusión y responsabilidad.

Construir una mejor sociedad es una tarea colectiva. Comienza en nuestros espacios de convivencia, en nuestras aulas, centros de trabajo, familias y comunidades. Cada acción de respeto cuenta; cada acto de inclusión fortalece el tejido social.

Solo mediante una formación permanente en derechos humanos y su ejercicio cotidiano podremos avanzar hacia una sociedad más justa, incluyente, respetuosa y capaz de reconocer en cada persona el valor y la dignidad que le corresponden.

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