Opinión de
Susana Sánchez
La Familia | De la acedia y la melancolía
La Familia | De la acedia y la melancolía
“La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación, el acidioso se fatiga inútilmente”
Evagrio Pórtico
Susana Sánchez*
Últimamente nos encontramos cada vez con más frecuencia con personas y familias cansadas, fatigadas, aburridas o tristes, lo cual se refleja en una sociedad llena de actividades con poco significado.
Estamos entonces frente a dos síntomas que pareciera que son lo mismo pero que tienen significados diversos: la melancolía y la acedia.
La melancolía es una emoción parecida a la tristeza, tiene algunas manifestaciones iguales como cansancio, pérdida de interés y desgana. La podemos definir como la imposibilidad de experimentar estados emocionales, de tal modo que quien la padece puede permanecer en un estado de ausencia emocional. Las personas melancólicas suelen no encontrar gusto en nada. Se relaciona con añoranza por el pasado y con la incapacidad de ver con buenos ojos el futuro. Aparece cuando no aceptamos lo sucedido y estamos imposibilitados a aceptar la ausencia.
Por otra parte, la acedia se manifiesta como esa trama de fatiga, aburrimiento, tedio, tristeza que se entreteje en la cultura actual. Charbonneau y Legrand (2003) se refieren a estos como “sentimientos psíquicos y corporales de lasitud, desaliento, de inanidad ante las cosas, de astenia psicógena, considerando a la acedia como figura titular de las mismas. Son fenómenos que se ubicarían como falla de la motivación ante la pérdida de atractivo o de placer por las cosas, o como una dispersión temporal que lleva a recomenzar múltiples tareas sin haber concluida la primera. Se trata de un vagabundeo en la acción, de una disipación que impide investir con suficiente determinación nuestras acciones”.
Tanto la melancolía como la acedia traen consigo el peligro de convertir a las personas que la padecen en seres tediosos, con una aversión a todo lo bueno que llegue hasta el asco o al menos a la apatía. Se suele perder la alegría y se puede vivir como en modo piloto automático. Santo Tomás de Aquino dice que es la “tristeza hacia el bien espiritual”.
No estamos hablando aquí de personas malas, sino más bien amorales, a las que todo les da igual, haciéndose un nadie indiferente, que siempre están evocando tiempos mejores, viendo con una óptica más bien pesimista y relativista todo lo que pasa en el mundo y buscando que el tiempo pase sin que importe mucho el cómo lo haga.
Les suenan palabras y frases como: “procrastinación”, “relativismo”, “subjetivismo”, “lo mismo” o “respeto por las ideas y preferencias de los demás”. Fenómenos como la inmediatez, el laicismo, la falta de compromisos a largo plazo o el no querer tener hijos; todos ellos relacionados con la acedia.
El peligro de estas dos emociones es que inciden de manera lenta y casi imperceptible en todo nuestro ser, en la experiencia que tenemos de la realidad y nos pone en un estado de ánimo que nos impide experimentar emociones positivas y que nos arrebata la posibilidad de vincularnos con los otros, de interactuar y de relacionarlos significativamente con el entorno que nos rodea. Nos quita la verdadera felicidad.
Es muy importante detectar estos sentimientos a tiempo, en nuestra propio ser y en los demás, ya que un estado de melancolía o de acedia puede llevar a situaciones de depresión mayores que generen una enfermedad psicológica. Atender la situación con un profesional de la salud mental es prioritario en estos casos.
*Maestra en Educación Familiar
**Las opiniones plasmadas son responsabilidad de cada autor, así como su estilo de escritura. Ecodiario Zacatecas sólo es una plataforma digital para darlas a conocer a sus lectores.
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