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Susana Sánchez Opinión de Susana Sánchez

LA FAMILIA | LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN

Hoy nuestros hijos no solamente conviven cara a cara.

“Educar no es enseñar a cancelar al que se equivoca; es enseñar a corregir sin destruir, poner límites sin humillar y perdonar sin llamar bueno al mal.”

Hoy nuestros hijos no solamente conviven cara a cara. Conviven en grupos de WhatsApp, redes sociales, videojuegos y plataformas digitales donde una fotografía, un comentario o un error pueden convertirse en motivo de burla, rechazo o incluso exclusión. Es aquí donde aparece un fenómeno que debemos conocer y enseñarles a enfrentar: la cultura de la cancelación.

Cancelar a alguien significa, en términos sencillos, retirarle nuestro apoyo o convertirlo en objeto de rechazo público porque hizo o dijo algo considerado incorrecto. En algunos casos, esta reacción puede ayudar a visibilizar injusticias o conductas verdaderamente dañinas. El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre corregir una conducta y condenar a una persona. En pocas palabras, es cuando decimos: ya no estoy de acuerdo contigo, por lo tanto, te quito mi apoyo y quiero que los demás también lo hagan.

En las escuelas esto puede suceder con enorme facilidad. Un niño se equivoca, dice algo fuera de lugar, tiene una opinión diferente, comete una imprudencia o simplemente no pertenece al grupo “popular”. Entonces comienzan los mensajes, las capturas de pantalla, los memes y los comentarios. Lo que antes podía quedar en un momento incómodo del recreo, ahora puede perseguir al niño durante días o semanas.

Y debemos preguntarnos: ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos cuando alguien se equivoca?

No podemos educarlos para pensar que quien comete un error deja automáticamente de merecer respeto. Tampoco debemos enseñarles que toda opinión diferente es una agresión o que quien piensa distinto es nuestro enemigo.

Nuestros hijos necesitan aprender algo mucho más difícil: a convivir con la diferencia, a poner límites, a defenderse sin destruir al otro y a reconocer los propios errores.

Esto comienza en casa.

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Debemos enseñarles que antes de compartir una fotografía debemos preguntarnos si tenemos derecho a hacerlo; que antes de escribir un comentario debemos pensar si lo diríamos frente a la persona; que una captura de pantalla también puede hacer daño y que participar en una burla colectiva no nos hace más fuertes, aunque todos los demás lo hagan.

Pero, sobre todo, debemos enseñarles a no participar en el linchamiento digital.

Si alguien comete una injusticia, hay que denunciarla. Si alguien lastima, hay que poner límites. Si existe acoso, debemos acudir a los adultos responsables. Pero una cosa es pedir justicia y otra muy distinta es disfrutar destruyendo públicamente a alguien.

La casa y la escuela deben ser lugares donde nuestros hijos aprendan cómo tratar a una persona cuando se equivoca.

Porque nadie llega a la edad adulta sin cometer errores.

Eduquemos entonces hijos que sepan decir “eso estuvo mal”, pero también “puedes repararlo”; que sepan defenderse, pero no humillar; que sepan poner límites, pero también perdonar.

Este regreso a clases puede ser una buena oportunidad para hablar de ello en familia.

No eduquemos hijos expertos en cancelar personas. Eduquemos hijos capaces de corregir, dialogar, reparar y volver a empezar. Porque una sociedad que no permite equivocarse tampoco sabe crecer.

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