Opinión de
Susana Sánchez
La Familia | La ecuanimidad como herramienta para una familia equilibrada
La Familia | La ecuanimidad como herramienta para una familia equilibrada
“Nada debe turbar la ecuanimidad del ánimo; hasta nuestra pasión, hasta nuestros arrebatos deben ser medidos y ponderados”
Susana Sánchez*
La ecuanimidad es la facultad que tenemos los seres humanos para ver, percibir y sentir las situaciones de la vida con equilibrio, sin magnificar los éxitos, sin dramatizar los fracasos, tomándonos con calma las alegrías y las penas y sin absolutizar nada.
La prioridad es, pues, el equilibrio en el estilo de vida, dándole prioridad a la templanza y la paz mental antes que a las emociones y las pasiones, viviéndolas con absoluta tranquilidad y sabiendo gestionarlas eficazmente.
Esto de ninguna manera quiere decir que le restemos importancia a las cosas importantes, tampoco implica dejadez o indiferencia, mucho menos frialdad o dureza. No implica evitar las emociones y los sentimientos, ni tampoco es ignorancia; es más bien darle su justa importancia a lo que nos pasa, poniendo en una balanza las cosas buenas y las malas y reflexionando con inteligencia y madurez cada situación.
La ecuanimidad nos da la facultad de mantener la calma y la compostura ante las adversidades, pero también nos da la cordura ante los éxitos y las alegrías para no creernos todo, ni lo bueno ni lo malo, para aceptar lo que sucede entendiendo verdaderamente lo que es y dejando pasar con paciencia las cosas hasta que las aguas se calmen.
Una persona ecuánime es casi siempre también una persona imparcial, neutral, objetiva, equitativa, justa, equilibrada, medida, recta y moderada.
Además, la ecuanimidad nos ayuda a ponderar las cosas sin dar nada por hecho, sin anticipar ni adivinar, centrándonos en el presente y con constancia de ánimo, sabiendo interpretar los signos de los tiempos sin prejuicios, colocándonos en el lugar de las personas, escuchando y comprendiendo todas las voces antes de formar juicios o forjar puntos de vista.
Respecto a los hijos, la ecuanimidad les dotará para obtener una personalidad madura, firme y segura, sin dejarse convencer por cualquier persona y teniendo el control y decidiendo su propia vida cometiendo sus propios errores y viviendo sus propias consecuencias.
Una consecuencia de practicar la ecuanimidad es el aplomo, que es el actuar de manera serena y sin apuro, seguro de los pasos que se dan, sin desesperación y sabiendo que todo pasa y nada es eterno en esta vida.
Otra consecuencia valiosísima es la estabilidad emocional que nos da la ecuanimidad, ya que nos ayuda a mantener un estado equilibrado que evita el estrés, la indecisión, la inestabilidad, los titubeos y lo variable, lo cual nos hace personas confiables, de una sola pieza, donde nuestro si es sí y nuestro no es no.
Cultivar la ecuanimidad no es sencillo, más en un mundo regido por la emotividad y los afectos, pero es necesario para poder avanzar en la vida. Ayudará no aferrarse a las emociones, tampoco teniéndoles aversión o pretendiendo desaparecerlas inmediatamente sino aprendiendo de ellas.
Aprender a fluir, viviendo el “aquí y el ahora” también nos dará una mejor perspectiva de las situaciones, sin miedo a los cambios, asumiéndolos con optimismo, observando nuestros pensamientos, aceptando las cosas como son sin resistencia y con inteligencia para poder discernir entre lo que podemos cambiar y lo que no.
Los beneficios de practicar la ecuanimidad nos llevaran a disfrutar más cada momento de nuestra vida, a disgustarnos menos por los problemas o fracasos, a gestionar nuestras emociones con inteligencia y libertad, a mantener mejores relaciones y a ser más felices y asertivos.
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