REVIVE PLATEROS FE Y PROMESAS AL NIÑO

En la localidad de Plateros, los caminos se llenan de historias que llegan desde distintos puntos del país. Algunas avanzan a pie durante horas; otras se presentan en forma de fotografías, juguetes o cartas cuidadosamente dobladas.

Merari Martínez
REVIVE PLATEROS FE Y PROMESAS AL NIÑO

ZACATECAS, ZAC.- Apenas amanece y el silencio del desierto comienza a romperse con pasos cansados, rezos en voz baja y veladoras encendiéndose. En la localidad de Plateros, los caminos se llenan de historias que llegan desde distintos puntos del país. Algunas avanzan a pie durante horas; otras se presentan en forma de fotografías, juguetes o cartas cuidadosamente dobladas. Todas comparten un mismo origen: la fe.

En el centro de esta localidad se encuentra el Santuario del Santo Niño de Atocha, uno de los principales destinos de peregrinación en México. Cada año, miles de personas acuden para agradecer favores que, aseguran, transformaron su vida.

La escena se repite de forma constante. Familias cruzan la explanada con flores; madres sostienen imágenes de sus hijos; trabajadores dejan herramientas como símbolo de gratitud. En las paredes del santuario se acumulan los llamados “milagros”: pequeñas placas metálicas con formas de corazones, extremidades o casas que representan las peticiones cumplidas.

La devoción al Santo Niño de Atocha forma parte de una tradición arraigada en el norte del país. Aunque sitios como la Basílica de Guadalupe o el santuario de San Juan de los Lagos reciben mayor número de visitantes, en Plateros la relación con esta figura adquiere un carácter cercano.

Las “mandas” son parte central de esta práctica. Quien solicita un favor asume el compromiso de cumplir un sacrificio si su petición se concreta. Algunos peregrinos recorren kilómetros descalzos; otros avanzan de rodillas hasta el altar; otros más regresan cada año para agradecer.

Dentro del templo, el ambiente se vuelve pausado. El aroma del incienso y la luz tenue acompañan a los fieles, que permanecen en silencio frente a la imagen. Afuera, la vida continúa entre vendedores de artículos religiosos y visitantes que llegan con historias distintas, pero con un mismo propósito.

Entre la multitud, conviven emociones diversas: alivio, esperanza y nuevas peticiones. En Plateros, la fe se expresa en cada paso, en cada objeto colgado en las paredes y en cada visita que se repite con el tiempo.

Al caer la tarde, las veladoras permanecen encendidas. Para quienes llegan hasta este lugar, el camino hacia el Santo Niño de Atocha inicia con una petición y concluye con gratitud.


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