Opinión de
Erika Macedo
COMUNICAR Y CONECTAR | CUANDO EL SILENCIO GRITA: ¿QUÉ MENSAJE ESTAMOS DANDO A NUESTRAS JUVENTUDES?
Hay silencios que también comunican.
Hay silencios que también comunican. Y cuando una persona joven siente que nadie la escucha, como sociedad tenemos que preguntarnos qué estamos dejando de decir, pero sobre todo, qué estamos dejando de escuchar.
Este 10 de septiembre, fue el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la conversación no puede quedarse en una fecha, una publicación o una campaña. Debe obligarnos a mirar hacia nuestras familias, escuelas, instituciones, comunidades y redes sociales para hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué mensajes estamos enviando a nuestras juventudes?
Vivimos en la época de la hiperconectividad, pero estar conectados no necesariamente significa estar comunicados.
Compartimos fotografías, videos, mensajes y reacciones a todas horas, mientras en muchas casas resulta cada vez más difícil encontrar algunos minutos para preguntar: “¿Cómo estás?”, y tener la disposición de escuchar realmente la respuesta.
Nuestros jóvenes enfrentan presiones académicas, incertidumbre sobre su futuro, conflictos familiares, violencia, acoso escolar y digital, comparación permanente en redes sociales, discriminación y expectativas sociales que muchas veces parecen una mochila demasiado pesada.
Frente a ello, las palabras importan.
Cuando minimizamos lo que una persona joven siente con frases como “no es para tanto”, “échale ganas” o “otros están peor”, podemos levantar un muro justo cuando necesitamos construir un puente.
La comunicación familiar no puede convertirse en un interrogatorio ni limitarse a preguntar por las calificaciones, los horarios o las obligaciones. Necesitamos recuperar la conversación cotidiana, aquella que escucha sin ridiculizar, acompaña sin juzgar y permite expresar tristeza, miedo, enojo, incertidumbre o frustración.
Porque escuchar también es cuidar.
Pero tampoco podemos depositar toda la responsabilidad en las familias. La prevención requiere escuelas preparadas, servicios de salud mental accesibles, profesionales suficientes, protocolos responsables, comunidades informadas y políticas públicas que coloquen la salud emocional de niñas, niños, adolescentes y jóvenes entre sus prioridades.
Y también necesitamos revisar nuestra comunicación pública.
No podemos decirle a la juventud que su voz importa mientras ignoramos sus problemas. No podemos pedirle que hable si después descalificamos lo que siente. No podemos exigir fortaleza permanente cuando lo verdaderamente humano también consiste en reconocer que necesitamos ayuda.
La juventud no necesita discursos perfectos; necesita adultos presentes, instituciones responsables y espacios donde pueda hablar con confianza.
Este Día Mundial para la Prevención del Suicidio, cambiemos el mensaje.
Que nuestras casas sean refugios de conversación y no habitaciones llenas de silencios. Que las escuelas sean espacios de confianza. Que las redes sociales sirvan también para acompañar. Y que desde las instituciones entendamos que atender la salud mental no es un lujo ni una moda: es una responsabilidad pública y social.
Tal vez no podamos resolver todos los problemas de una generación con una conversación.
Pero una conversación genuina puede abrir una puerta.
Preguntemos. Escuchemos. Acompañemos. Y cuando sea necesario, busquemos apoyo profesional. Porque ninguna persona joven debería sentir que tiene que enfrentar sola aquello que le duele.
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