Denuncia Trata
Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | LA SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO

Me levanto por la mañana y, tras alistarme para mis actividades, me dispongo a desayunar.

“Contra reloj”


Me levanto por la mañana y, tras alistarme para mis actividades, me dispongo a desayunar. De pronto me descubro devorando los alimentos de manera acelerada. Voy contra reloj: debo apresurarme para llegar a tiempo al trabajo. Mientras continúo comiendo, me detengo a pensar por qué debo hacerlo a un ritmo tan vertiginoso; a veces siento que he dejado de disfrutar lo que consumo.

¿No resulta extraño? El momento que en teoría debería dedicarse a nutrirnos y a detener la marcha —el desayuno— se convierte en el primer campo de batalla contra el reloj. Ese contraste entre la urgencia del mundo exterior y el ritmo orgánico que exige nuestro cuerpo nos sumerge, casi sin darnos cuenta, en un estado de profunda desatención. Comer de prisa no es solo un asunto de digestión o de logística diaria; toca una fibra mucho más fina sobre cómo estamos habitando el tiempo.

Cuando vivimos “contra reloj”, el tiempo se vuelve lineal, cuantitativo y estrictamente utilitario: cada minuto debe rendir. En ese esquema, comer deja de ser una experiencia sensible para convertirse en un mero trámite, en una tarea más que hay que tachar antes de pasar a la siguiente obligación. Cuando la prisa toma el control, los sentidos se anestesian; se pierde el matiz en el alimento y todo se reduce a un consumo mecánico.

Perder el disfrute no significa únicamente privarse del gusto por la comida, sino fracturar el contacto con el presente. El cuerpo mastica el desayuno, pero la mente ya cruzó la puerta del espacio laboral o está lidiando con los pendientes de la jornada. Apresurarnos a comer refleja cómo tratamos a nuestro propio organismo como una máquina que hay que recargar rápido para que continúe rindiendo, olvidando que el cuerpo exige pausa, ritual y presencia.

Para Byung-Chul Han, esa sensación de ir contra reloj y de no poder disfrutar siquiera de un alimento no es un fallo personal de organización, sino el síntoma de habitar la “sociedad del rendimiento”. En obras como La sociedad del cansancio o El aroma del tiempo, Han señala que ya no necesitamos a un amo externo que nos exija correr: nosotros mismos nos hemos convertido en amos y esclavos de nuestro propio tiempo.

Nos autoexplotamos bajo la ilusión de la libertad y la autorrealización. Ese afán por llegar a tiempo, por cumplir y rendir desde primera hora de la mañana, evidencia cómo el imperativo de la productividad ha colonizado hasta el espacio más íntimo del desayuno. Nos apresuramos porque llevamos al tirano adentrado en la conciencia.

Programa pavimentación Guadalupe

Han sostiene que la cultura contemporánea ha erosionado la capacidad de la pausa. Vivimos sumergidos en una aceleración donde todo debe ser funcional. Comer rápido, sin demorarse en los sabores ni en el instante, es el reflejo de una vida hiperactiva incapaz de detenerse. Para el filósofo surcoreano, la profundidad de la experiencia exige la “vida contemplativa”: la capacidad de demorarse en las cosas (verweilen), de dejar que el mundo nos hable en lugar de devorarlo a prisa. La aceleración destruye el aroma del tiempo, volviéndolo plano y estéril.

Pero bueno, al final he llegado tarde al trabajo; nuevamente me encontré con un tráfico denso en el camino.

Ante la inmovilidad forzada del automóvil o del trayecto, cabe preguntarse: ¿puede el tráfico convertirse, paradójicamente, en un espacio imprevisto para hacer una pausa y contemplar la existencia?


*Análisis Existencial


Comparte esta nota:

Noticias Relacionadas