COMUNICAR Y CONECTAR | CUANDO LOS EJES RECTORES CAMINAN CON LA GENTE

Hablar de ejes rectores en el ejercicio de gobierno no es hablar de conceptos abstractos ni de frases hechas para un documento oficial. Es, o debería ser, hablar de la brújula que orienta cada decisión pública, de los cimientos sobre los que se construye la confianza ciudadana y del rumbo que toma una sociedad que exige respuestas reales, no discursos vacíos.

Luis Martín Badillo
COMUNICAR Y CONECTAR | CUANDO LOS EJES RECTORES CAMINAN CON LA GENTE

“La política empieza cuando se escucha, no cuando se impone”.



Erika Macedo



Hablar de ejes rectores en el ejercicio de gobierno no es hablar de conceptos abstractos ni de frases hechas para un documento oficial. Es, o debería ser, hablar de la brújula que orienta cada decisión pública, de los cimientos sobre los que se construye la confianza ciudadana y del rumbo que toma una sociedad que exige respuestas reales, no discursos vacíos.


En un contexto de hartazgo social, donde la política muchas veces se percibe lejana y ajena, los ejes rectores cobran sentido únicamente cuando se traducen en acciones concretas, visibles y humanas. No basta con nombrarlos; hay que vivirlos. No basta con anunciarlos; hay que sostenerlos, incluso cuando el costo político es alto. Porque gobernar no es administrar inercias, es asumir responsabilidades.


En el trabajo legislativo, estos ejes deben funcionar como un puente y no como un muro. Un puente entre el Congreso y la calle, entre el diagnóstico técnico y la realidad cotidiana de las familias, entre el debate político y la solución de problemas. Cuando una bancada decide poner a las personas en el centro, el eje rector deja de ser una línea en papel y se convierte en un pulso constante que acompaña a la gente.


Desde esta lógica, el papel de la Bancada Naranja en el Congreso de Zacatecas se ha enfocado en entender que legislar también es escuchar, que presentar iniciativas es tan importante como caminar el territorio, y que la productividad no se mide solo en números, sino en impacto social. Cada propuesta, cada posicionamiento y cada voto deben responder a una causa, no a una consigna.


Los ejes rectores, cuando son auténticos, funcionan como raíces: no siempre se ven, pero sostienen todo el árbol. Permiten resistir las tormentas políticas, dan coherencia al discurso y evitan que la agenda pública se convierta en un vaivén oportunista. Son el recordatorio permanente de para quién se gobierna y por qué se decidió servir.


Un gobierno o una representación legislativa que coloca como eje la dignidad humana entiende que la política no es un ejercicio de poder, sino de servicio. Que la seguridad no es solo cifras, sino tranquilidad; que la economía no es solo crecimiento, sino oportunidades; que la justicia no es solo leyes, sino acceso real a derechos.


Hoy más que nunca, la sociedad exige empatía institucional. Exige que quienes toman decisiones no hablen desde la comodidad del escritorio, sino desde la experiencia compartida.


Que los ejes rectores no sean un eslogan, sino una promesa cumplida. Porque cuando la política camina al ritmo de la gente, deja de ser ruido y se convierte en esperanza.


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