Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | ¿CONTRA QUIÉN LUCHAMOS?

Se han ido las lluvias y el calor ha vuelto a instalarse.

“Un corazón roto”


Se han ido las lluvias y el calor ha vuelto a instalarse. En días pasados salía a correr a un cerro cercano a casa; hacía tiempo que no lo hacía, pero al tener la oportunidad me descubrí contento de reencontrarme con ese espacio. Resulta espectacular ver cómo el cielo azul se torna gigantesco y expansivo por encima de mí, mientras el olor a leña quemada y hierba seca me acompaña en el recorrido.


Ahora que lo recuerdo, comencé a correr hace diez años para aliviar un dolor que no era físico, sino lo que solemos llamar “un corazón roto”. Mientras corro entre la maleza, un par de ramas se atraviesan en mi camino: una de ellas casi me pica un ojo, logro esquivarla a tiempo, aunque otras logran rasguñar mi nariz y mi pierna derecha. Ambos impactos dejan escapar un hilo de sangre. Es curioso ver cómo brota ese líquido rojo de mi propio cuerpo; me limpio con la mano y continúo la marcha. No les doy mayor importancia porque no duelen, y siempre he tenido la idea de que las heridas cierran, cicatrizan y con el tiempo desaparecen. Aunque ahora me pregunto si eso seguirá ocurriendo ahora que soy más viejo, pues era un volado que se ganaba fácilmente cuando tenía menos de treinta años.


Espero que sí; de lo contrario, mi cuerpo terminará convertido en un mapa continuo de marcas. Confieso que en el monte me muevo con la ligereza de una cabra: disfruto brincar de una piedra a otra y sentirme fluir al compás del viento.


“Las heridas cierran, cicatrizan y desaparecen”. Sin embargo, al meditarlo un poco más, miro mi piel y descubro cicatrices que nunca se borraron del todo. Ahí siguen, presentes. Y al contemplarlas, regresa intacta la memoria del evento doloroso que las provocó.


Todo esto me resulta sugerente porque por estos días leo a Alice Miller, y vaya embrollo en el que me he metido. En su libro “El cuerpo nunca miente”, sostiene que aquello que experimentamos como “síntoma” o “enfermedad” es el grito desesperado con el que el organismo denuncia un asunto pendiente, arraigado por lo general en nuestra infancia.


Denuncia desaparición

Prácticamente, cualquier dolencia presente en nuestro cuerpo opera como el recordatorio mudo de que hay algo en nuestra historia que merece ser atendido. ¿Cómo ocurre esto? Sucede porque aquello yace en el olvido o ha sido deliberadamente ignorado. Vivimos atrapados en la inercia del estar ocupados —atendiendo tareas, cumpliendo con el trabajo, manejando pendientes o distrayéndonos con el teléfono y las redes—, negándonos el tiempo elemental para reflexionar y pensarnos a fondo. Apenas asoma un malestar, intentamos suprimirlo de inmediato con cualquier tratamiento; algo perfectamente natural, pues nadie desea sentir dolor ni enfermar.


Para Miller, “el cuerpo sabe de qué carece, no puede olvidar las privaciones; el agujero está ahí y espera ser llenado”. ¿Y quién no ha sentido esos huecos en el cuerpo? Porque yo sí.


¿Por qué somos incapaces de llenarlos? Porque no nos concedemos el tiempo ni el espacio para clarificarlos. ¿No resulta sorprendente? Podemos sentirnos plenos y realizados y, al mismo tiempo, estar vacíos de ser, repletos de fisuras por donde se escapa la energía indispensable para mantener la vitalidad y la fuerza. Al final de cuentas, es perfectamente normal que terminemos el día agotados. Ese cansancio no es sino el síntoma de la lucha sorda que libramos con nosotros mismos. ¿Y contra quién luchamos? Contra lo que sentimos, contra aquello que nos negamos a experimentar.


Al menos eso alcanzo a comprender. Quizá esté equivocado. En fin, tal vez sea mejor regresar al cerro, retomar el trote y distraerme un poco antes de seguir pensando en este dolor sordo que lleva días instalado en el pecho.


Hasta pronto.



*Análisis Existencial.


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