Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | EL RUIDO EXTRAÑO
Por donde vivo, es época de celebrar la fiesta del santo patrono, una festividad importante que reúne a otras imágenes en peregrinación y cuyo inicio es anunciado, precisamente, por el estruendo de la pirotecnia y el júbilo de la música.
“La comunidad celebra su fe”
Son las 02:45 de la mañana y llevo más de una hora sin conciliar el sueño. Los cohetes y la música de banda me lo han arrebatado por completo. Por donde vivo, es época de celebrar la fiesta del santo patrono, una festividad importante que reúne a otras imágenes en peregrinación y cuyo inicio es anunciado, precisamente, por el estruendo de la pirotecnia y el júbilo de la música. Carajo. Antes de esto, sentía que podía dormir con la entrega confiada de un recién nacido, abandonado por entero al descanso que sentía merecido tras una extensa jornada de trabajo. Pero el ruido y la celebración han irrumpido para despojarme del poco silencio que me quedaba.
Las fiestas patronales poseen esa lógica avasalladora: la comunidad celebra su fe, su tradición y su noción de lo sagrado imponiéndose sobre el espacio físico y vital de los demás. Para quien se encuentra fuera de esa devoción en este instante, el «anuncio de la fiesta» no se vive como bendición ni como alegría, sino como una violencia acústica que priva del derecho elemental al descanso.
Resulta una ironía aplastante y profundamente frustrante: haber entregado el cuerpo a un día agotador, alcanzar ese punto exacto de abandono donde el sueño se siente justo y ganado, y ver cómo el entorno irrumpe sin pedir permiso. A las 01:25 de la madrugada, con el estruendo a todo volumen, la sensación no es solo de insomnio; es de invasión. El ruido externo vulnera la tranquilidad del hogar. Se pasa de la entrega vulnerable y casi sagrada al sueño al latigazo existencial de los cohetes. No es solo la agresión sonora lo que me desvela; es la impotencia ante la profanación de un espacio íntimo que ya sentía conquistado.
Miro el reloj y ya son las 02:45; mi cuerpo se ha convertido en un campo minado. Los cohetes y la música de banda caen sobre el techo como metralla, destrozando la poca paz que me quedaba. El enojo se transforma en una ansiedad opresiva. Intento distraerme con cualquier pensamiento para forzar el sueño, pero es imposible ganarle a la contundencia del ruido. Están entregados a un entusiasmo voraz que no muestra intenciones de ceder.
Para colmo, los perros de los vecinos no paran de ladrar. Hay algo revelador en sus ladridos: en parte evocan el grito de rabia que yo me contengo, pero también sé que ladran por miedo. En el fondo, están tan desconcertados como yo. Envidio sinceramente a las personas que logran dormir sin importar el estruendo del mundo exterior; mi sueño, en cambio, es una capa delgada, frágil y dolorosamente sensible a cualquier estímulo.
Me pregunto si ellos y yo habitamos la misma noche. La fijación por mirar el reloj vuelve mi madrugada eterna y dilata los minutos hasta hacerlos insoportables, aunque paradójicamente constato que ya ha transcurrido una hora y que, cuando menos lo espere, habrá amanecido. Dudo que quienes festejan sospechen siquiera mi tormento; en sus voces, en la música y en sus rezos, solo se escucha la embriaguez de una devoción compartida.
Si no me equivoco, lanzan cohetes cada quince minutos, tejiendo un continuo de estallidos repentinos. ¿Existe acaso algo peor que el sonido de un cohete? Primero se escucha el chisporroteo de la mecha al encenderse; luego, el chiflido agudo que se eleva hacia los cielos, para rematar, finalmente, en un megaestallido. A este paso, el que va a tronar soy yo.
Miro por la ventana y la noche comienza a ceder ante la claridad. El amanecer está llegando y la fiesta no da tregua: continuarán de largo hasta el mediodía. Yo, en cambio, debo levantarme ya. Siento el cuerpo pesado, el cansancio acumulado en los párpados y un mal humor que me carcome.
¿Dónde quedaron esos días en los que la noche era un territorio sagrado reservado para el descanso?
*Análisis Existencial
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