EL ESPECTADOR | ENTELÉKHEIA
Aunque disfruto de la soledad, el exceso de oscuridad termina por teñirse de un pesimismo asfixiante; hay sombras que, si se prolongan, dejan de ser refugio para convertirse en fosa.
“Siendo plenamente”
Llevo ya varios días sumergido en este aislamiento voluntario. Sin embargo, incluso en el retiro más profundo, la materia reclama su atención y me veo en la necesidad de moverme. La bombilla de mi habitación se ha fundido, entregando el espacio a una penumbra absoluta. Aunque disfruto de la soledad, el exceso de oscuridad termina por teñirse de un pesimismo asfixiante; hay sombras que, si se prolongan, dejan de ser refugio para convertirse en fosa.
Me veo obligado a salir. Camino hasta la tienda de la esquina, un trayecto breve que me devuelve por un instante al mundo de los otros. Pido una bombilla nueva y, casi por instinto, unos totis y una Coca-Cola; me hace falta sentir algo salado y también dulce, pero especialmente un rastro de azúcar que contraste con la sobriedad de mis pensamientos. De regreso, la brisa fresca me golpea el rostro. Es bueno recuperar el sentido del aire, recordar que hay algo vivo y externo que aún respira conmigo.
Ya en casa, sostengo la bombilla nueva bajo la luz mortecina del pasillo. La observo con detenimiento: ahí está, frente a mí, contenida en su fragilidad de vidrio. Posee la capacidad de iluminar, pero permanece apagada. Es pura potencialidad. Está compuesta de filamentos y gases diseñados para cumplir un propósito, pero su esencia —el acto de iluminar mi habitación— aún no se manifiesta. Es un ente en espera.
Arrastro un banco y, con sumo cuidado, escalo para alcanzar el techo. Primero retiro la bombilla vieja, ese ente de cristal que ahora luce una mancha negra y amarillenta, el estigma de su energía agotada. Luego, enrosco la nueva. Me aseguro de que el encaje sea perfecto y bajo de nuevo al suelo. Me quedo mirándola un momento más. Sigue siendo, en apariencia, un objeto inerte; guarda en su interior todo el potencial del mundo, pero la habitación continúa a oscuras.
Extiendo la mano hacia el interruptor. En ese instante, la electricidad fluye con una rapidez imperceptible. Ese accionar, ese paso violento y sutil de la potencia a la acción, es la energía. La luz inunda el espacio y, por fin, el propósito se hace presente.
Bajo la luz constante de la bombilla nueva, el pensamiento no se detiene; se expande hacia los términos que alguna vez dieron forma a nuestra comprensión del mundo. Me viene a la memoria una palabra que hoy se maltrata con ligereza: entelequia (entelékheia).
Es curioso, y a la vez un poco triste, observar cómo el lenguaje se degrada. Hoy emplean "entelequia" para referirse a lo irreal, a una construcción mental sin cimientos o a una fantasía vana. Dicen en un programa de televisión: "eso es una entelequia" como quien dice "eso es un fantasma". Sin embargo, para Aristóteles, el concepto era el polo opuesto: representaba lo más real que existe. No era el sueño, sino el fin alcanzado.
Mientras miro la bombilla disipar la oscuridad de mi cuarto, comprendo que ella está habitando su propia entelequia. No es solo un objeto de vidrio y metal; es una "bombilla siendo plenamente bombilla". La entelequia es ese estado de perfección donde un ser ha desarrollado todas sus potencialidades. Mientras emite luz, el fin (telos) vive dentro de ella; su propósito y su existencia son una sola cosa vibrante y actual.
Pero, ¿qué sucede con la bombilla que acabo de desechar?
Al verla ahí, fría sobre la mesa, entiendo el concepto de la privación. Cuando el filamento se rompe, la bombilla pierde el acceso a su propia realización. Sigue conservando la forma, el peso y los materiales, pero ha dejado de "ser" en el sentido funcional y profundo de la filosofía clásica. Ya no es una fuente de luz; es solo el residuo de una promesa rota, un trozo de vidrio condenado a la inercia.
Me pregunto si a nosotros nos pasa lo mismo. Si pasamos la vida siendo "potencia", materiales dispuestos para un fin que nunca llega a encenderse por aprensión a la brevedad del tiempo. O peor aún, si caminamos por la ciudad como bombillas fundidas: conservando la forma humana, pero privados de nuestra verdadera ocupación, de nuestra propia luz interna. Quizás la cultura se nos ha agotado y por eso hemos cambiado el significado de las palabras, llamando "fantasía" a lo único que como posibilidad puede ser un fin: la plenitud del ser.
*Análisis Existencial