Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | ¿HAY ALGO MÁS ALLÁ?
Este año debemos colocar el altar en casa de mi mamá
“Silencio de Dios”
Este año debemos colocar el altar en casa de mi mamá. Cuando le pregunté cuántas velas debíamos preparar, me confesó que no estaba segura; la encargada de hacerlo siempre era mi abuelita, pero ella ya no está más con nosotros. No me había percatado de que cada veladora que se encendía llevaba inscrito el nombre de los seres queridos que ella había perdido a lo largo de su vida. Ahora, ante su ausencia, titubeamos frente al número exacto de luces.
¿Alguien ha visto El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957), la magistral película de Ingmar Bergman? Es una de mis favoritas. La vi por primera vez a la medianoche en el Canal 22, precisamente en estas fechas de muertos; yo debía tener apenas catorce años.
Hay una escena imborrable que siempre vuelve a la memoria: la del caballero cruzado que juega al ajedrez con la personificación física de la Muerte en una playa rocosa, bajo un cielo sombrío. Una partida que inicia cuando el caballero reta a la Muerte con un propósito claro: ganar tiempo para resolver sus dudas existenciales, buscar el sentido de la fe y realizar un último acto significativo antes de que caiga el telón.
Esa imagen me impacta profundamente y me hace reflexionar sobre cómo llevamos la muerte siempre con nosotros, aunque solemos ignorarla hasta que la vemos reflejada en los otros.
No saber los nombres de aquellos familiares a los que mi abuelita dedicaba cada vela revela una verdad incómoda: quienes fueron nuestros muertos terminan por desvanecerse no solo en el plano físico, sino también en el territorio de la memoria. A fin de cuentas, por mucho que cada año se levante el altar, con el tiempo uno mismo irá desapareciendo. ¿No es acaso eso lo que hacemos durante estos días? Construimos altares y colocamos fotografías para mantener vivo el recuerdo, como si con ello conjuráramos nuestra propia desaparición. Cada rito, cada flama encendida, es una jugada desesperada para permanecer un poco más en el tablero. Cada movimiento representa una tregua para ganarle tiempo al reloj biológico y descifrar el propósito de nuestro paso por el mundo antes de que todo se apague. La flama de una vela es efímera; exactamente igual que nuestra vida.
Lo que hace ese caballero en la pantalla es un espejo del ser humano. En el fondo, no se le teme tanto a la muerte biológica como al vacío espiritual. Sin los ritos que inventamos para despedir y recordar a los que se fueron, ¿con qué nos quedamos? Con nada. El caballero regresa de las Cruzadas —donde atestiguó la crueldad, el absurdo y el sufrimiento— para toparse con una Europa asolada por la peste negra. Su búsqueda no es solo ganar la partida, sino obtener una respuesta: ¿Hay algo más allá?, ¿por qué hay tanto silencio arriba? Ese “silencio de Dios” ante el dolor del mundo es uno de los temas más desgarradores de la obra.
Ingmar Bergman interpretó ese mutismo como el eco de la ausencia; y la ausencia, en su crudeza, nos deja cara a cara con la nada. Para no sucumbir ante ese vacío, los vivos hemos tejido un vasto entramado de ritos, oraciones y cantos.
Tratar de rescatar esos nombres olvidados y nombrarlos al encender las veladoras de nuestro altar es realizar un último acto significativo. Es un recordatorio de que, en medio de la desesperanza, aún podemos hallar destellos de sentido en las cosas más sencillas —como compartir una calaverita, un pan de muerto y chocolate o un cuenco de fresas silvestres y leche con una familia de titiriteros, tal como ocurre en la película—. Nos recuerda que, frente a la inmensidad de la nada, los afectos, la compasión y los momentos cotidianos son nuestra verdadera resistencia.
Debo confesarlo: creadores de la estatura de Bergman ya no se encuentran en este siglo. Él logró visualizar con imágenes de una belleza poética esa inquietud íntima que en estas fechas me invade, arrastrándome a una meditación profunda sobre el misterio y el peso de nuestra propia finitud.
Análisis Existencial.
Alejandro Bravo
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