Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | HUÉRFANOS EXISTENCIALES
Me pregunto si estos clásicos aún habitan las aulas de educación media superior, o si su eco se ha perdido en el ruido de la modernidad.
“Una soledad de dos”
En estos días me he sumergido en la relectura de El amor en los tiempos del cólera. Es un encuentro curioso; la leí por primera vez siendo un estudiante de preparatoria, pero hoy, el texto de García Márquez me ha devuelto, por asociación, a otro pilar de mis años de estudiante de secundaria: El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Me pregunto si estos clásicos aún habitan las aulas de educación media superior, o si su eco se ha perdido en el ruido de la modernidad.
Motivado por esa nostalgia, volví a hojear a Paz. Es fascinante cómo propone que el mexicano se sitúa en el mundo como un ser extraño y, por ende, hermético. Al leerlo, no puedo evitar preguntarme: ¿Puedo yo ser hermético?
Paz describe nuestra idiosincrasia como un encierro voluntario: “El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo”. En esta elección del aislamiento, la cortesía no es un puente, sino una barrera. Usamos formalismos y frases hechas para poner una distancia infranqueable que proteja nuestra intimidad de la mirada del “otro”. Y quizás por algo leo y hablo cosas complicadas, para refugiarme y no darme a entender. Entre más complicado sea el tema, menos personas se interesan por comprender.
Para Paz, abrirse es una debilidad. El ideal del "macho" es ser una unidad impasible que no deja salir nada ni permite que nada entre. Bajo esta lógica, buscamos la transparencia a través de la máscara: si nadie sabe quiénes somos realmente, nadie puede herirnos. Es una soberanía interior que se siente amenazada desde los tiempos de la Conquista. El silencio mismo se convierte en nuestra forma más pura de hermetismo; no callamos por falta de palabras, sino como una herramienta de ocultamiento.
Si la vida cotidiana es un encierro, la Fiesta es el único instante de ruptura. Paz señala que es ahí donde el mexicano se “dispara”, grita y, finalmente, se “abre”. Lo veremos pronto, cuando inicie el Mundial de Futbol; de repente, el balón rodando será la distracción perfecta que el gobierno espera para diluir la realidad del país.
Seremos "hermanos" por un instante, hasta que la eliminación nos devuelva a la coraza. Esa apertura es siempre violenta y explosiva, porque es la única forma de romper una estructura tan rígida. Tras la fiesta, el individuo regresa a su soledad, a menudo más cerrada y amarga que antes. ¿Y quién puede soportar a un ser habitado por esa amargura?
Paz plantea que la madre es la única figura que puede habitar ese silencio. No porque logre “abrir” al hombre, sino porque ella representa una aceptación absoluta. En mi propia historia, es gracias a mi madre que no he perdido mi centro. Ella es la única que soporta a este ser cerrado y, en ocasiones, convertido en un “ogro” quejumbroso.
Ante la madre, el mexicano no necesita la máscara de dominación; se permite la máscara de la resignación. Es el único lugar donde la amargura no es desafiada, sino contenida. En sus brazos yo he encontrado una paz donde no me siento juzgado por ser quien soy. Lo que me hace recordar cuando Paz distingue entre la figura de “La Chingada” y la Virgen de Guadalupe; nosotros, hijos de esa ambigüedad, buscamos a la madre porque es la única que no nos “ningunea”.
Sin embargo, Paz nos deja una advertencia final: la madre nos soporta, pero no nos salva de la soledad. Es una soledad de dos. El hijo se refugia en su falda para seguir estando solo, ahora acompañado por el silencio de ella.
Al final, somos huérfanos existenciales; la madre es el último puente con el mundo, pero a menudo es un puente que nos conduce de regreso al mismo laberinto.
Análisis Existencial
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