Opinión de
Carlos Ernesto Alvarado
QUOD DIXI DIXI | EL NIÑO ENTRE EL 30 DE ABRIL Y EL 10 DE MAYO (EN MEMORIA DE VICENTE)
Ahora llega el 10 de mayo; flores, restaurantes llenos y comerciales donde las madres aparecen como figuras casi sagradas, capaces de sostener emocionalmente al país mientras una voz suave promete descuentos y felicidad familiar en cómodas mensualidades.
Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos (Antoine de Saint-Exupery)
México tiene una capacidad admirable para convertir cualquier tragedia en campaña institucional; hace apenas unos días el país celebraba el Día del Niño con festivales escolares, discursos sobre el futuro de la patria y funcionarios descubriendo, durante veinticuatro horas, que existen las infancias. Ahora llega el 10 de mayo; flores, restaurantes llenos y comerciales donde las madres aparecen como figuras casi sagradas, capaces de sostener emocionalmente al país mientras una voz suave promete descuentos y felicidad familiar en cómodas mensualidades. Y justo entre ambas fechas apareció Vicente; tres años, una camioneta cerrada y Mexicali convertido en horno.
Lo brutal del caso no es solamente la muerte del niño; es todo lo que había alrededor. Custodias peleadas, amenazas, mensajes crueles, expedientes familiares y adultos utilizándose mutuamente a través de un menor, como suele pasar en un sistema donde demasiadas veces los hijos dejan de ser hijos y se convierten en instrumentos emocionales. Ahí aparece también la violencia vicaria; normalmente se habla de hombres utilizando a los niños para destruir psicológicamente a una mujer, y sí, eso ocurre, negarlo sería miserable. Hay padres capaces de convertir una convivencia en castigo, una pensión en chantaje y un expediente familiar en una forma sofisticada de venganza.
Pero el caso Vicente también dejó algo incóómodo sobre la mesa; la violencia vicaria no deja de existir dependiendo del sexo de quien la ejerce. Porque si las amenazas difundidas son reales y si un padre denunciaba desde antes que el niño estaba siendo utilizado para dañarlo emocionalmente, entonces estamos frente a la peor forma posible de esa violencia; una donde el hijo deja de ser persona y termina convertido en mensaje. Y ahí el debate público comienza a ponerse nervioso, porque México todavía se siente más cómodo discutiendo la violencia cuando encaja perfectamente en la narrativa ideológica correcta.
Entonces todo se convierte en bandos. Hay quienes quieren reducir el caso a una madre víctima de estrés, alcohol y conflictos emocionales; otros quieren convertirlo en prueba absoluta de que las mujeres también pueden ser agresoras. Y mientras los adultos juegan competencias morales en redes sociales, el único que ya no puede hablar es Vicente.
Claro que las circunstancias importan; el derecho no sirve para analizar seres humanos como si fueran máquinas vacías de historia personal. Pero una cosa es entender contextos y otra muy distinta permitir que el contexto devore por completo a la víctima. Porque Vicente tenía tres años; no tenía ideología, no tenía narrativa pública y no tenía manera de defenderse. Dependía absolutamente de los adultos y del sistema que presume protegerlo.
Ahí es donde el discurso institucional comienza a sentirse hueco. México repite constantemente frases como “interés superior de la niñez”; lo dicen jueces, fiscalías, políticos y organismos públicos con una solemnidad casi religiosa. El problema es que, fuera de los discursos y las infografías bonitas, la realidad familiar suele parecer una guerra emocional administrada lentamente por expedientes, audiencias diferidas y convivencias incumplidas. Todos aseguran actuar “por el bien del menor”, aunque demasiadas veces el menor termine creciendo entre amenazas, manipulación y adultos incapaces de dejar de odiarse.
Por eso el caso golpea tanto; porque destruye esa fantasía cómoda donde basta mencionar derechos de la infancia para creer que la infancia está protegida. No lo está. Hay niños atrapados en conflictos familiares interminables, convertidos en territorio de disputa entre adultos emocionalmente rotos y sistemas institucionales demasiado lentos para entender que la niñez no espera. Un adulto sobrevive años a un juicio familiar; un niño puede quedarse sin infancia mientras los abogados presentan promociones y los padres siguen peleando quién tiene la razón moral del desastre.
Y quizá ahí está la parte más incómoda de todo esto; México aprendió a hablar muchísimo sobre derechos, pero todavía entiende muy poco sobre responsabilidad emocional. El país sabe redactar protocolos, emitir campañas y llenar auditorios con discursos sobre protección infantil; lo que sigue sin saber hacer es evitar que los niños queden atrapados entre el resentimiento de los adultos y la lentitud de las instituciones.
Vicente tenía tres años; entre el Día del Niño y el Día de las Madres terminó convertido en aquello que este país dice proteger mientras casi siempre llega demasiado tarde.
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