El Niño Dios vuelve a dormir en Fresnillo

Rocío Pedroza

Texto y Foto: Merari Martínez

ZACATECAS, ZAC.- El frío de diciembre no logra apagar el calor que brota en los hogares cuando llegan las posadas. Desde el 16, las calles y las casas se llenan de rezos, cantos antiguos y aromas que anuncian que la Navidad está cerca. En medio de esta temporada, dos momentos marcan el corazón de la tradición: el acostamiento y el levantamiento del Niño Dios, rituales que pasan de generación en generación como un tesoro familiar.

Muy cerca de Fresnillo, en la comunidad de Plateros, el 25 de diciembre no es un día cualquiera. Es la fiesta grande del Santo Niño de Atocha. Miles de feligreses llegan desde distintos puntos para agradecer favores, cumplir promesas y renovar su fe. Las mandas caminan entre rezos silenciosos, veladoras encendidas y miradas que mezclan cansancio y esperanza.

Pero en el propio municipio de Fresnillo, la devoción se vive de puertas adentro. Entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de diciembre, según el acuerdo familiar, se acuesta al Niño Dios. Es un acto íntimo, cargado de simbolismo, donde el tiempo parece detenerse frente al nacimiento.

Desde hace años, la señora Delfina a quien todos conocen con cariño como la comadre Delfis mantiene viva esta costumbre. En su casa, los Niños Dios encuentran descanso entre cantos, rezos y la compañía de vecinos, amigos y familiares. Ella guía la oración, entona los villancicos y cuida cada detalle del ritual, como lo aprendió desde joven.

“Antes, cuando vivía mi mamá, hacíamos un nacimiento que ocupaba un cuarto completo”, recuerda la comadre Delfis. Con el paso del tiempo, el espacio se fue reduciendo, pero no así la fe ni la tradición. “Todo esto viene de muchos años atrás”, dice con orgullo, consciente de que mantener viva la costumbre es también una forma de honrar a quienes ya no están.

Al terminar el rezo, los padrinos de cada Niño Dios reparten bolos a los asistentes, un gesto sencillo que simboliza gratitud y convivencia. Después, la mesa se abre y la comadre invita a cenar, porque en estas noches la fe también se comparte con alimento y conversación.

Así, entre rezos antiguos, promesas cumplidas y el murmullo de las familias reunidas, Fresnillo vuelve a acostar al Niño Dios. No es solo un acto religioso: es memoria, identidad y comunidad, una tradición que, año con año, se niega a quedarse dormida.

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