Opinión de
Susana Sánchez
LA FAMILIA | ESTAR A LA ALTURA DEL TRATO QUE MERECEN LOS DEMÁS
Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos en la vida familiar: ¿trato a las personas que más quiero con la misma consideración, paciencia y respeto que ofrezco a quienes apenas conozco?
«La confianza familiar no nos autoriza a tratar peor a quienes más queremos; nos compromete a cuidarlos mejor».
Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos en la vida familiar: ¿trato a las personas que más quiero con la misma consideración, paciencia y respeto que ofrezco a quienes apenas conozco? A veces somos amables con el vecino, atentos con los amigos y cuidadosos con nuestros compañeros de trabajo, pero al llegar a casa nos permitimos contestaciones bruscas, gestos de indiferencia y palabras que jamás nos atreveríamos a dirigir a alguien de fuera. Como si la confianza familiar nos concediera permiso para bajar la guardia de nuestra educación.
Sin embargo, debería ser al revés. Precisamente porque conocemos las vulnerabilidades, los miedos y las necesidades de quienes viven con nosotros, tendríamos que ser más cuidadosos con ellos. La intimidad no nos da derecho a lastimar; nos da una responsabilidad mayor de cuidar.
Estar a la altura del trato que merecen los demás significa reconocer que cada persona tiene una dignidad que no depende de su carácter, de sus aciertos ni de lo mucho que coincida con nosotros. Nuestro esposo merece respeto incluso cuando no estamos de acuerdo; nuestros hijos merecen ser escuchados, aunque sus preocupaciones nos parezcan pequeñas; nuestros padres merecen consideración, aunque su manera de pensar nos resulte anticuada. Amar a alguien no significa aprobar todo lo que hace, pero sí recordar que corregir, disentir y poner límites pueden hacerse sin humillar.
El psicólogo John Gottman, reconocido por sus investigaciones sobre las relaciones de pareja, ha estudiado cómo el desprecio, la crítica destructiva y las actitudes defensivas deterioran los vínculos. Su trabajo nos invita a prestar atención a esos pequeños gestos cotidianos que parecen inofensivos: una burla, una mirada de fastidio, una interrupción constante o ese silencio utilizado como castigo. Las relaciones no suelen deteriorarse únicamente por grandes conflictos, sino también por la acumulación de pequeñas faltas de consideración.
Y aquí aparece un desafío importante: no basta con querer a nuestra familia; necesitamos aprender a tratarla como merece ser querida. Las buenas intenciones no sustituyen los buenos modales, ni el amor justifica la impaciencia permanente. Decir «así soy yo» tampoco debería convertirse en una excusa para no mejorar. La madurez consiste, en parte, en reconocer que nuestra personalidad no nos condena a repetir las mismas conductas y que siempre podemos aprender a relacionarnos mejor.
Esto exige un esfuerzo concreto. También implica saber pedir perdón sin añadir un «pero tú también» y agradecer los servicios cotidianos que, por repetidos, corremos el riesgo de dar por sentados.
En la familia, además, educamos con el ejemplo. Les enseñamos respeto no solo cuando se lo exigimos, sino cuando lo practicamos incluso en los momentos de cansancio, frustración o desacuerdo.
Quizá una buena medida de nuestra calidad humana no sea cómo nos comportamos cuando todo marcha bien, sino cómo tratamos a los nuestros cuando estamos cansados, preocupados o de mal humor. Es fácil ser amable cuando no cuesta; lo verdaderamente valioso es conservar la consideración cuando exige dominio propio.
La familia debería ser el lugar donde cada persona se sienta más segura, no más expuesta; más valorada, no más juzgada.
Al terminar el día, vale la pena preguntarnos: ¿las personas que conviven conmigo reciben lo mejor de mí o solamente lo que me sobra después de haber atendido al mundo? Porque quienes comparten nuestra vida no merecen nuestras sobras emocionales. Merecen nuestra presencia, nuestra paciencia y nuestro respeto.
El amor familiar alcanza su plenitud cuando aprendemos a tratar a los nuestros con la dignidad, la delicadeza y la generosidad que esperamos recibir de ellos.
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