PALABRA VIVA | EL ANTIGUO TESTAMENTO UNA HISTORIA QUE APUNTA A CRISTO

Desde la perspectiva cristiana, una de las enseñanzas fundamentales del Antiguo Testamento es que el Mesías no aparece de manera improvisada en el Nuevo Testamento, sino que es el cumplimiento de una expectativa largamente anunciada.

Luis Martín Badillo
PALABRA VIVA | EL ANTIGUO TESTAMENTO UNA HISTORIA QUE APUNTA A CRISTO

“Cuando la promesa antigua se convierte en esperanza viva”.


Issac Félix

Para muchos lectores contemporáneos, creyentes y no creyentes, el Antiguo Testamento suele parecer un conjunto de relatos antiguos, leyes complejas y personajes distantes. Sin embargo, leído con atención, revela algo más profundo: una historia coherente que apunta hacia una esperanza común, una promesa que atraviesa generaciones y encuentra su cumplimiento en la persona de Jesucristo.

Desde la perspectiva cristiana, una de las enseñanzas fundamentales del Antiguo Testamento es que el Mesías no aparece de manera improvisada en el Nuevo Testamento, sino que es el cumplimiento de una expectativa largamente anunciada. El autor de la Epístola a los Hebreos lo expresa con claridad al presentar a Cristo como el heredero de todo lo que Dios había dicho por medio de los profetas (Hebreos 1:3,10-12). No se trata de una ruptura, sino de una culminación.

El primer indicio de esta promesa aparece sorprendentemente temprano, en el relato del Edén. En (Génesis 3:15), Dios anuncia que la simiente de la mujer vencerá a la serpiente. Este pasaje, considerado por muchos como la primera profecía mesiánica de la Biblia, introduce un conflicto que atraviesa toda la Escritura: el mal no tendrá la última palabra. Siglos después, el apóstol Pablo retomará esta idea al afirmar que Cristo nació de una mujer para redimir a quienes estaban bajo la ley (Gálatas 4:4-5), mientras que el apóstol Juan declarará que el Hijo de Dios vino para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8).

A lo largo del Antiguo Testamento, esta promesa adopta múltiples formas. El sistema sacrificial, por ejemplo, no solo tenía una función ritual, sino también simbólica. Cuando Juan el Bautista señala a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), está evocando tanto el Día de la Expiación descrito en (Levítico 16) como la figura del siervo sufriente de (Isaías 53:7). Del mismo modo, cuando Pablo llama a Cristo “nuestra Pascua” (1 Corintios 5:7), conecta directamente la liberación de Israel en Egipto con una redención de alcance universal descrita en (Éxodo 12:1-14).

Incluso episodios que podrían parecer meramente históricos adquieren una dimensión profética. Jesús mismo explicó que la serpiente levantada por Moisés en el desierto anticipaba su propia crucifixión (Números 21:4-9; Juan 3:14). Y cuando el evangelio de Juan afirma que la Palabra participó en la creación (Juan 1:1-3), resuena la antigua confesión del salmista: “Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos” (Salmo 33:6).

El Éxodo, considerado el acto redentor por excelencia del Antiguo Testamento, funciona como un gran anticipo del mensaje cristiano. Moisés, la Pascua, el cruce del Mar Rojo, el maná, el agua de la roca, el tabernáculo y el sumo sacerdote, relatos desarrollados a lo largo del libro de Éxodo, no son solo elementos de una historia nacional, sino figuras que, leídas a la luz del Nuevo Testamento, apuntan a una liberación más profunda: la del ser humano frente al pecado y la muerte.

Después de su resurrección, Jesús mismo ofreció la clave de lectura. Camino a Emaús, explicó a sus discípulos que todo lo que había ocurrido, su sufrimiento, su muerte y su victoria, ya había sido anunciado “en la Ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lucas 24:25-27; 44-46). No era un accidente de la historia, sino el cumplimiento de una narrativa largamente tejida.

Los evangelios refuerzan esta idea al citar explícitamente profecías del Antiguo Testamento: el nacimiento virginal anunciado por Isaías (Isaías 7:14), el origen del Mesías en Belén señalado por Miqueas (Miqueas 5:2; Mateo 2:6), la voz del precursor en el desierto descrita por Isaías y Malaquías (Isaías 40:3; Malaquías 3:1; Marcos 1:2-3), la entrada triunfal en Jerusalén anticipada por Zacarías (Zacarías 9:9; Mateo 21:4; Juan 12:14) y la resurrección insinuada en los salmos de David (Salmo 16:8-11), tal como lo confirman los apóstoles en (Hechos 2:25-32 y Hechos 13:35-37).

Ahora bien, incluso para quienes no comparten la fe cristiana, este entramado resulta intelectualmente provocador. Se trata de una colección de textos escritos a lo largo de más de mil años, por distintos autores y en contextos muy diversos, que convergen de manera sorprendente en una misma promesa: “la redención”. Que profecías anunciadas siglos antes encuentren cumplimiento posterior desafía una explicación meramente humana y apunta a una intención que trasciende a quienes las escribieron. Desde la fe cristiana, esa intención tiene un nombre: Dios, quien, a lo largo del tiempo, fue revelando su propósito redentor en la historia humana. El Antiguo Testamento, en este sentido, no es solo un archivo, sino el testimonio de una obra divina que se despliega con coherencia, sentido y propósito.

El Antiguo Testamento es mucho más que un conjunto de relatos piadosos o un antiguo código legal. Como afirma el apóstol Pablo, cumple la función de un guía que conduce hacia Cristo (Gálatas 3:24). Sus páginas preparan el camino para Jesús, mostrando que la fe cristiana no surge de la nada, sino que brota de una historia cuidadosamente trazada por Dios. Una historia que encuentra su centro en Cristo y que sigue ofreciendo esperanza hoy: la certeza de que Dios no ha abandonado a la humanidad y que, en Jesús, su promesa de redención permanece viva para todo aquel que esté dispuesto a escucharla.

Dios bendiga tu vida… Nos leemos en 15 días.


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