QUOD, DIXI, DIXI | QUIEREN CONTROL TOTAL

Durante años leímos 1984 y Un mundo feliz como advertencias exageradas. Uno hablaba de vigilancia permanente y castigo. El otro de comodidad, conformismo y una sociedad que ya no quería incomodarse. Parecían futuros opuestos. Hoy la realidad decidió combinarlos, no por ambición literaria, sino por eficacia política.

Luis Martín Badillo
QUOD, DIXI, DIXI | QUIEREN CONTROL TOTAL

Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez

"Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no solo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común." 1984. George Orwell

Durante años leímos 1984 y Un mundo feliz como advertencias exageradas. Uno hablaba de vigilancia permanente y castigo. El otro de comodidad, conformismo y una sociedad que ya no quería incomodarse. Parecían futuros opuestos. Hoy la realidad decidió combinarlos, no por ambición literaria, sino por eficacia política.

El registro obligatorio de celulares es el ejemplo más claro. No es voluntario ni optativo. Es obligatorio. Entregas tu número, tu identidad y aceptas que esa información quede concentrada en una plataforma estatal. Hasta ahí, el problema ya es serio. Pero el detalle que vuelve todo grotesco es que esa plataforma fue vulnerada. Ocurrió. El Estado obliga a millones de personas a entregar datos sensibles y luego demuestra que no puede protegerlos. La obligación sigue intacta. El riesgo también.

Aquí aparece una de las lecciones centrales de 1984. El sistema no necesita ser perfecto. Necesita ser ineludible. En la novela, la vigilancia funcionaba porque no existía la posibilidad de quedar fuera. No porque fuera infalible. En la vida real pasa lo mismo. Cumples no porque confíes, sino porque no puedes negarte.

A esto se suma un marco legal que permite intervenir comunicaciones, rastrear ubicación y acceder a datos personales sin una orden judicial que funcione como límite efectivo. No se trata de casos excepcionales, sino de facultades amplias. En 1984, la vigilancia era permanente porque la ley estaba diseñada para permitirla. La semejanza no está en la forma, sino en la lógica.

El Estado también tiene acceso permanente y en tiempo real a plataformas digitales. Redes sociales, servicios, hábitos cotidianos convertidos en información. En la novela, el control de la información era clave para anticiparse al disenso. Hoy no hace falta reescribir contenidos. Basta con observarlos, archivarlos y decidir después cómo usarlos.

A esto se añade el impulso de un identificador único con datos biométricos. Huellas, rostro, iris, ubicación, datos financieros, médicos y de telefonía concentrados en un solo expediente. Orwell describió un sistema donde cada persona quedaba reducida a un registro administrado por el poder. No es una copia literal. Es una actualización tecnológica de la misma idea.

También existen sistemas capaces de analizar millones de datos en tiempo real, incluso para auditorías continuas. En 1984, el control era humano y burocrático. Hoy es automático, silencioso y constante. No persigue, perfila. No acusa, clasifica.

Todo esto converge en un punto. Datos centralizados, vigilancia estructural y contrapesos cada vez más débiles. Nada de esto es por seguridad. Es control.

A ese escenario se suma otro frente igual de delicado. El del discurso. La presidenta afirma que se respeta la libertad de expresión, pero al mismo tiempo anuncia que el derecho de las audiencias tendrá más peso para decidir qué contenidos permanecen y cuáles se retiran. La idea suena razonable. El problema es quién define qué es estar bien informado.

En 1984, el Ministerio de la Verdad no se presentaba como censor, sino como corrector. Aquí la lógica es similar. Si el gobierno considera que un contenido desinforma, se elimina. Si el “pueblo” no está de acuerdo, se quita. No hace falta cerrar medios ni perseguir periodistas. Basta con normalizar la corrección y la presión social.

Un mundo feliz advertía algo complementario. Un sistema donde la gente acepta las decisiones del poder no por miedo, sino por comodidad. Aquí el mensaje es parecido. No es censura, dicen. Es por el bien común. No se prohíbe hablar. Se sugiere no incomodar.

Cuando el gobierno lo sabe todo de ti, no protege esa información, decide qué contenidos son aceptables y además te pide confianza, el problema ya no es una novela ni una discusión académica, es poder sin límites, y la historia, tanto la escrita como la vivida, siempre muestra cómo termina cuando nadie lo frena.


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