Autonomía económica de las mujeres | 14 de febrero: amar también es un acto político
María del Carmen Salinas Flores*
Cada 14 de febrero el mundo se llena de flores, globos rojos y frases que prometen amores eternos. Se celebra el amor, sí, pero casi siempre desde una idea muy específica: la del amor romántico, idealizado, exclusivo y, muchas veces, profundamente desigual. Vale la pena detenernos un momento y preguntarnos qué estamos celebrando realmente… y a quiénes deja fuera esta narrativa.
Durante años nos enseñaron que el amor “verdadero” implica sacrificio, aguantar, ceder, incluso doler. Que amar es esperar, justificar, callar. A muchas mujeres se nos educó para amar poniendo a las y los otros al centro, relegando nuestros propios deseos, proyectos y límites. No es casualidad que, en nombre del amor, se hayan normalizado relaciones marcadas por la dependencia, los celos, el control o la violencia. Eso no es amor: es una forma aprendida de desigualdad.
Por eso, resignificar el 14 de febrero es urgente. Amar no puede seguir siendo sinónimo de renuncia. El amor sano no duele, no somete, no anula. Amar también es respetar la autonomía, reconocer la individualidad y construir vínculos desde la libertad y la corresponsabilidad. Amar implica escucha, cuidado mutuo y, sobre todo, dignidad.
Hablar de amor desde una perspectiva de derechos humanos y de género puede parecer incómodo en una fecha que suele asociarse con lo cursi o lo comercial. Pero el amor no es un tema menor. Al contrario: atraviesa nuestras decisiones más profundas, nuestras relaciones familiares, afectivas y sociales. La forma en que amamos dice mucho del tipo de sociedad que estamos construyendo.
Este 14 de febrero también es una oportunidad para ampliar la mirada. El amor no solo habita en las parejas. Está en las redes de amigas que sostienen, en las madres que cuidan, en las abuelas que enseñan, en las hijas que cuestionan, en las comunidades que se organizan, en quienes defienden derechos aun cuando hacerlo cuesta. Hay amor en la solidaridad, en el acompañamiento, en la empatía cotidiana.
Y sí, también es importante hablar del amor propio, aunque a veces se banalice. Amarnos a nosotras mismas no es egoísmo ni moda: es una forma de resistencia. Es reconocer nuestro valor, poner límites, elegir relaciones que sumen y alejarnos de las que lastiman. Es entender que no tenemos que mendigar afecto ni quedarnos donde no somos respetadas.
En un contexto donde persisten las violencias contra las mujeres, donde las brechas de desigualdad siguen marcando nuestras vidas, hablar de amor con conciencia crítica es un acto político. Porque amar de manera libre y digna desafía estructuras que históricamente nos han querido obedientes, silenciosas y agradecidas por migajas afectivas.
Que este 14 de febrero no sea solo una fecha para regalar flores, sino para sembrar preguntas. ¿Cómo amamos? ¿Desde dónde? ¿Con qué costos? Celebremos los vínculos que nos hacen crecer, no los que nos encogen. Apostemos por un amor que no controle, que no violente, que no limite.
Amar también es cuidar, respetar y transformar. Y ese, sin duda, es el amor que vale la pena celebrar.