CIENCIA PARA LLEVAR | LAS MANOS QUE NOS ALIMENTAN: EL OLVIDO DE LA SOBERANÍA DEL CAMPO
"Muchos de estos campesinos no pertenecen a las grandes élites agrarias; son familias que trabajan parcelas pequeñas o jornaleros que alquilan su fuerza de trabajo por salarios que apenas alcanzan para el día".
Claudia Lizbet Soto Casillas*
Esta última semana, el corazón de Zacatecas ha latido con una mezcla de polvo, sol y una indignación que clama justicia. Mientras en las oficinas climatizadas se discuten cifras de importación y tratados comerciales, en nuestros campos de frijol se libra una batalla silenciosa por la supervivencia económica entre los jornaleros. Hablar del campo zacatecano es hablar de seres humanos que, con la piel curtida por el clima, sostienen sobre la soberanía alimentaria de todo México.
Científicamente, el frijol es una joya nutricional y un fijador de nitrógeno que sana la tierra. Socialmente, es la base de nuestra dieta. Sin embargo, existe una paradoja cruel, pues quienes siembran la vida suelen cosechar pobreza. La población agrícola, y especialmente los jornaleros , esos caminantes del campo que no poseen grandes territorios ni maquinaria de última generación, son el eslabón más fuerte de la producción, pero el más frágil en la repartición de la riqueza.
Sin ellos, México no come. Así de simple. Así de contundente. Pero hoy, la explotación y el intermediarismo voraz (el famoso "coyotaje") están asfixiando a quienes menos tienen.
Durante los últimos siete días, hemos visto cómo el precio del frijol se convierte en una moneda de cambio política, mientras el productor recibe migajas por su esfuerzo. Muchos de estos campesinos no pertenecen a las grandes élites agrarias; son familias que trabajan parcelas pequeñas o jornaleros que alquilan su fuerza de trabajo por salarios que apenas alcanzan para el día.
La ciencia social nos dice que un país que descuida a sus campesinos está condenado a la dependencia externa. Cuando permitimos que el agricultor sea explotado, estamos erosionando nuestra propia libertad como nación. No se trata solo de dinero; se trata de dignidad humana
Como hemos reflexionado antes, todos buscamos un lugar seguro. Para el campesino, ese lugar debería ser su tierra y su cosecha. Sin embargo, cuando el mercado los rechaza y el sistema los ignora, los obligamos a refugiarse en la migración o en la desesperanza. Necesitamos que las políticas públicas dejen de ser un peluche de felpa que solo da consuelo momentáneo y se conviertan en estructuras de hierro que protejan su trabajo.
Debemos enseñar a nuestra sociedad a construir un mundo donde comer un plato de frijoles no sea un acto de privilegio, sino el resultado de un comercio justo donde el campesino fue visto, escuchado y respetado.
Mi invitación para ti, que hoy tienes comida en tu mesa, es que no olvides de dónde viene. Quédate con quienes producen, apoya el comercio local y trabaja en ti para ser alguien que reconozca el valor de esas manos llenas de tierra. Porque al final, la soberanía de un país empieza en el campo y termina en nuestra conciencia.
¡Rebeldía, Locura, Ciencia y Felicidad!