Opinión de
Erika Macedo
COMUNICAR Y CONECTAR | CUANDO SE CAE LA MÁSCARA: EL DOBLE DISCURSO QUE DEVORA LA CREDIBILIDAD POLÍTICA
En política, las contradicciones no pasan inadvertidas: dejan huellas.
En política, las contradicciones no pasan inadvertidas: dejan huellas. Y muchas veces, una acción termina gritando más fuerte que cien discursos cuidadosamente escritos.
Hay quienes levantan la bandera de la democracia mientras buscan cerrar el paso a otras voces; quienes predican austeridad desde el micrófono mientras los privilegios entran por la puerta trasera; quienes reclaman transparencia cuando están en la oposición, pero corren las cortinas cuando llegan al poder. También existen quienes ofrecen diálogo frente a las cámaras y levantan muros cuando aparece una opinión incómoda.
Ese es el doble discurso: construir un puente con las palabras y dinamitarlo con los hechos.
Durante años, la política mexicana ha convivido con esta práctica. Cambian partidos, colores, eslóganes y protagonistas, pero permanece una vieja tentación: ponerse los principios como traje de campaña y guardarlos en el clóset cuando llega el poder.
Democracia, pluralidad, justicia, transparencia y participación no pueden convertirse en monedas que solamente se utilizan cuando producen rentabilidad política.
Porque el problema no termina en las palabras. Tiene consecuencias.
Cada contradicción abre una grieta en la confianza ciudadana. Cada promesa incumplida ensancha la distancia entre representantes y representados. Y cada político que exige desde la oposición aquello que después se niega a cumplir desde el gobierno alimenta una idea demoledora: que algunos cambian de discurso tan rápido como cambian de silla.
Y ahí comienza la derrota de la política.
Hoy la ciudadanía observa, compara, archiva y recuerda. Una declaración realizada hace cinco años puede regresar en segundos. Un video, una publicación o una entrevista pueden convertirse en un espejo incómodo que confronte al político de hoy con el político de ayer.
Internet tiene memoria y las hemerotecas también.
La memoria digital convirtió la congruencia en una obligación política. Por eso resulta insuficiente construir narrativas impecables cuando las decisiones públicas cuentan una historia completamente distinta.
Se pueden contratar especialistas, diseñar campañas espectaculares, inundar las redes sociales y repetir un mensaje hasta convertirlo en tendencia, pero ninguna estrategia de comunicación puede maquillar eternamente una contradicción.
Tarde o temprano, la pintura se cae.
Por eso la congruencia continúa siendo una de las herramientas más poderosas de la comunicación política.
Esto no significa que una persona dedicada a la política tenga prohibido cambiar de opinión. Rectificar también puede ser una muestra de madurez. Pero hacerlo exige explicar razones, reconocer errores, asumir costos y hablar con claridad.
El problema comienza cuando las convicciones funcionan como veletas: apuntan hacia donde sopla el viento del poder.
La democracia necesita adversarios, debate, contraste y diferencias. Lo que no necesita son principios de temporada ni convicciones desechables.
En tiempos de redes sociales, audiencias críticas y acceso inmediato a la información, el doble discurso tiene cada vez menos escondites.
Puedes controlar un mensaje durante unas horas. Puedes intentar dominar la conversación durante algunos días. Incluso puedes construir una narrativa durante años.
Pero tarde o temprano aparece la pregunta que derrumba cualquier escenografía:
¿LO QUE HACES COINCIDE CON LO QUE DICES?
Ahí comienza —o termina— la credibilidad.
Porque cuando los hechos desmienten las palabras, hasta el discurso más brillante termina convertido en ruido.
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