Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | EL UNO
Según los reportes, tras la volcadura de un tráiler en la comunidad de El Saucillo, en Villa de Reyes, decenas de personas ingresaron a la caja del contenedor para robar la mercancía.
“La rapiña”
Según los reportes, tras la volcadura de un tráiler en la comunidad de El Saucillo, en Villa de Reyes, decenas de personas ingresaron a la caja del contenedor para robar la mercancía. Mientras realizaban el saqueo, las maniobras de una grúa provocaron que el contenedor volviera a girar, atrapando y golpeando fuertemente a quienes se encontraban en su interior. Una mujer recibió un impacto directo en el rostro y quedó abandonada a su suerte, ignorada por la urgencia voraz de los demás por apoderarse de los objetos.
Ante situaciones como esta, resulta difícil saber si interpretarlas como un hecho profundamente trágico o como el triste reflejo de una realidad social y de seguridad sumamente compleja. Si las naciones fuesen juzgadas por su comportamiento cuando hay objetos de valor a la intemperie, diríamos que nuestro país queda trágicamente marcado por la práctica de la rapiña.
¿Cómo es que ocurre algo así?
La rapiña tras los accidentes carreteros no se produce en el vacío; es el síntoma visible de contextos atravesados por la marginación, la pobreza y la falta estructural de oportunidades. Cuando un transporte vuelca, suele hacerlo en tramos carreteros marcados por el abandono institucional. Aunque el saqueo es un acto ilegal y peligroso, pone de manifiesto cómo la necesidad o la búsqueda de un beneficio inmediato (percibido a menudo como un bien “sin dueño”) lleva a las personas a asumir riesgos extremos.
Cuando decenas de individuos actúan en conjunto impulsados por el pillaje, ocurre una disolución de la responsabilidad y una anestesia de la empatía. En ese instante, la prioridad colectiva se desplaza por completo hacia la mercancía: el dolor ajeno deja de ser percibido como una llamada de auxilio y se convierte en un obstáculo irrelevante frente al objetivo de apropiación.
Presenciar cómo nadie se detiene a auxiliar a una persona herida que se cubre el rostro con dolor es la manifestación más cruda de la descomposición social. Nos habla de un entorno donde la solidaridad elemental y el sentido humano quedan subordinados a la desesperación, al individualismo atroz o a la anomia: la ausencia efectiva de normas sociales en un momento crítico.
Estas escenas evidencian, además, la lentitud o ausencia de las fuerzas de seguridad y de los servicios de emergencia en los primeros minutos tras el percance. Si las autoridades no aseguran la zona de inmediato para replegar a la multitud, no solo se permite la comisión de un delito, sino que se abandona a los propios implicados a merced de una masa ciega ante el sufrimiento.
La imagen de la mujer herida mientras la turba continúa el saqueo trasciende la crónica de un accidente: es un espejo impiadoso de las rupturas éticas de nuestro entorno.
Desde la perspectiva de Martin Heidegger, la mayor parte del tiempo no habitamos la existencia desde nuestra individualidad más auténtica, sino bajo el dominio del Das-Man (el «Se» o el «Uno»). En este modo de ser, «uno» hace lo que todos hacen, «uno» piensa lo que se piensa y «uno» siente lo que el colectivo impone.
En la turba saqueadora, el individuo se disuelve por completo en el Das Man. La persona deja de actuar como un agente ético autónomo y se convierte en una extremidad ciega de la masa. Nadie auxilia a la mujer herida porque, en la lógica de la masa, la responsabilidad personal se evapora: como “todos” corren y sustraen, el sujeto ya no se experimenta a sí mismo como alguien capaz de decidir por cuenta propia o de responder ante la mirada del otro.
La masa no solo ahoga la voz individual:
Liquida la conciencia moral.
*Análisis Existencial
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