Opinión de
Carlos Ernesto Alvarado
QUOD DIXI DIXI | PERDER PARA GANAR: LA NUEVA ARITMÉTICA ELECTORAL DE ZACATECAS
En Zacatecas estamos a punto de descubrir una nueva virtud de la democracia, perder una elección y conservar posibilidades de convertirse en diputado.
"Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder" Montesquieu en su obra clásica Del espíritu de las leyes (1748)
En Zacatecas estamos a punto de descubrir una nueva virtud de la democracia, perder una elección y conservar posibilidades de convertirse en diputado; suena extraño, aunque tampoco exageremos, la política mexicana lleva décadas demostrando que una derrota electoral puede ser apenas un contratiempo. Esta vez el asunto viene acompañado de artículos, porcentajes y una reforma suficientemente enredada como para espantar al ciudadano común; detrás de toda esa sopa jurídica hay una pregunta bastante sencilla: cuando usted mete una boleta en la urna, ¿sabe realmente qué ocurrirá después con su voto?
La historia comenzó en junio de 2025 y, al principio, era mucho menos interesante; se presentó una iniciativa para cambiar la manera de repartir las doce diputaciones plurinominales del Congreso de Zacatecas, que tiene treinta integrantes, dieciocho elegidos directamente en los distritos y doce mediante representación proporcional. La propuesta original pretendía modificar la fórmula utilizada para distribuir esas doce curules entre los partidos según los votos obtenidos; asunto técnico, discutible y probablemente incapaz de quitarle el sueño a nadie. Después llegó una reserva durante la discusión legislativa y la propuesta creció con una facilidad admirable; había entrado al Congreso para modificar un artículo y terminó tocando seis.
Con esa modificación aparecieron dos listas; en una están candidaturas registradas por los partidos, en la otra pueden aparecer personas que participaron por un distrito, pero no ganaron, pero obtuvieron una votación suficientemente buena dentro de su partido. Después, las listas se combinan para determinar quiénes pueden ocupar las diputaciones plurinominales; dicho sin envolverlo en lenguaje electoral, alguien puede pedirle el voto a la gente para ganar un distrito, perder frente a otro candidato y encontrar una puerta hacia el Congreso. Tampoco descubrimos la inmortalidad, pero para ciertas carreras políticas se le parece bastante.
Conviene hacer una precisión porque tampoco podemos mandar a prisión constitucional a todo candidato derrotado que encuentre curul; ese mecanismo no es ilegal solamente porque permita llegar a quien perdió un distrito; existen modelos semejantes que han sido aceptados por la Suprema Corte. La bronca está en otro lado, en saber cómo apareció esta nueva forma de integrar las listas, si quienes votaron la reforma pudieron conocer y discutir realmente un cambio de ese tamaño y, sobre todo, si podía modificarse mediante una ley algo que la Constitución de Zacatecas regula desde arriba. Porque las constituciones tienen esa desagradable costumbre de ponerse encima de las leyes; por lo menos mientras alguien no descubra una reserva parlamentaria para resolver también ese inconveniente.
Para entenderlo no hace falta estudiar Derecho; imagine que lo llaman a una reunión de condóminos para cambiar la manera de repartir el recibo del agua, usted conoce la propuesta, llega dispuesto a discutirla y durante la reunión alguien presenta una modificación. Cuando sale, descubre que además cambiaron quién puede administrar el edificio, cómo se elige, quién puede sustituirlo y cómo se cuentan los votos; todo fue aprobado por mayoría, así que seguramente alguien dirá que fue impecablemente democrático. Usted probablemente utilizaría una expresión menos académica y preguntaría cuándo diablos acordaron discutir todo lo demás; eso es precisamente lo que debe aclararse con el procedimiento que terminó produciendo el Decreto 372.
La historia tiene además un antecedente difícil de pasar por alto; en abril de 2026 ya se había presentado una iniciativa para modificar los artículos 51 y 52 de la Constitución de Zacatecas y abrir espacio a un mecanismo donde candidatos que no ganaran sus distritos pudieran llegar mediante representación proporcional. Esa reforma constitucional no se había concretado cuando el nuevo modelo apareció después en la Ley Electoral; la pregunta cae sola: si en abril entendían que había que modificar la Constitución, ¿qué pasó después para descubrir que alcanzaba con modificar la ley? Tal vez exista una explicación suficiente y la Corte tendrá que escucharla; también puede ocurrir que hayamos presenciado uno de esos milagros jurídicos donde la Constitución sigue exactamente en el mismo sitio, pero misteriosamente deja de estorbar.
Al ciudadano que está pagando la luz mientras lee esto quizá le importe poco cuál candidato consiguió el mejor porcentaje entre quienes perdieron; comprensible, hay tragedias personales más urgentes que encontrar acomodo a un político sin curul. Pero sí debería importarle quién controla el Congreso, porque esos treinta diputados deciden leyes, presupuesto y buena parte de las reglas con las que después vivimos todos; unas cuantas sillas pueden separar a un gobierno obligado a negociar de otro que pueda sentarse a negociar consigo mismo. Las plurinominales, por aburridas que parezcan, son parte de la máquina que convierte votos en poder; cuando alguien modifica esa máquina, conviene mirar dónde quedaron las piezas y, especialmente, quién termina sentado cuando deja de hacer ruido.
Hay una idea política mucho más vieja que esta reforma y bastante más peligrosa; las democracias empiezan a deteriorarse cuando entre quienes disputan el poder hay demasiados interesados y pocos lugares, porque entonces perder deja de entenderse como parte normal del juego y comienza a sentirse como una expulsión. Ahí cambia la pelea; ya no alcanza con ganar la siguiente elección, empieza la tentación de disputar las reglas, los árbitros, las instituciones y hasta la manera de repartir las sillas. La ley, que debía poner límites, corre el riesgo de convertirse en una herramienta para que siempre exista algún lugar disponible para los cercanos.
Y esa debería ser la pregunta detrás de esta reforma: cuando modificamos la forma de entrar al Congreso, ¿estamos buscando que el voto de los zacatecanos quede mejor representado o estamos inventando más puertas para que los amigos, los cercanos y quienes conviene mantener dentro del juego tengan mejores lugares?
Durante años, México escuchó promesas de acabar con privilegios, recomendaciones y círculos de poder; cambiar a quienes ocupan las sillas sirve bastante poco si conservamos intacta la costumbre de apartarlas.
Una democracia no demuestra su fortaleza cuando todos encuentran acomodo; para eso basta repartir más sillas. La demuestra cuando quien tiene poder acepta que también puede perder, se levanta y vuelve a competir; el día que perder se vuelva políticamente insoportable, comenzarán a cambiarse las reglas para que los nuestros nunca pierdan del todo. Entonces el problema dejará de ser quién consiguió la última diputación; será descubrir que mientras nosotros seguíamos votando para escoger representantes, otros estaban aprendiendo a mover las sillas para que los amigos siempre encontraran un mejor lugar.
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