Opinión de
Erika Macedo
COMUNICAR Y CONECTAR | EL BALÓN RUEDA, PERO LOS PROBLEMAS SIGUEN: LA CORTINA DE HUMO PERFECTA
Las calles se pintan de verde, blanco y rojo; las conversaciones giran alrededor de alineaciones, pronósticos y sueños mundialistas; las redes sociales se inundan de banderas, camisetas y mensajes de apoyo a la Selección Nacional. El futbol, una vez más, se convierte en el lenguaje común de millones de mexicanos.
México vive nuevamente una fiebre futbolera. Las calles se pintan de verde, blanco y rojo; las conversaciones giran alrededor de alineaciones, pronósticos y sueños mundialistas; las redes sociales se inundan de banderas, camisetas y mensajes de apoyo a la Selección Nacional. El futbol, una vez más, se convierte en el lenguaje común de millones de mexicanos.
Y no hay nada malo en ello.
El deporte tiene la capacidad de unir, emocionar y generar identidad colectiva. Es una fiesta legítima que despierta ilusiones y alimenta esperanzas. Sin embargo, la historia también nos ha enseñado que, en ocasiones, el estruendo de los estadios puede opacar el eco de los problemas que persisten fuera de la cancha.
Mientras el país ya vive el Mundial de 2026, México continúa enfrentando desafíos que no desaparecen con un gol ni se resuelven con una victoria deportiva. La inseguridad sigue golpeando comunidades enteras, miles de familias continúan buscando a sus seres queridos desaparecidos, los sistemas de salud enfrentan carencias, la desigualdad social permanece como una herida abierta y la incertidumbre económica sigue preocupando a millones de hogares.
El futbol es una poderosa lámpara que ilumina el escenario nacional, pero también puede proyectar sombras sobre aquello que incomoda. No es casualidad que, en distintos momentos de la historia mundial, los grandes eventos deportivos hayan servido para desviar temporalmente la atención pública de conflictos políticos, crisis económicas o problemas sociales.
La pasión futbolera puede convertirse en un gigantesco reflector que apunta hacia el césped mientras deja en penumbras asuntos que exigen respuestas urgentes. Es una especie de carnaval nacional donde durante noventa minutos pareciera que los problemas se congelan, aunque en realidad permanecen intactos esperando el silbatazo final.
La verdadera prueba para una sociedad madura consiste en disfrutar la fiesta sin perder la capacidad de observar la realidad. Celebrar un gol no debe significar ignorar una injusticia. Apoyar a la Selección no debe implicar olvidar las exigencias ciudadanas. Sentirse orgulloso de México en una cancha debe ir acompañado del compromiso de construir un mejor México fuera de ella.
El Mundial llegará y millones vibrarán con cada partido. Habrá emoción, lágrimas, abrazos y momentos inolvidables. Pero cuando las luces del estadio se apaguen y los reflectores regresen a la vida cotidiana, los problemas seguirán ahí, esperando soluciones reales.
Porque el futbol puede regalar alegría, identidad y esperanza. Lo que no puede hacer es sustituir políticas públicas eficaces, justicia social, seguridad ni desarrollo.
El balón rueda. La emoción crece. La fiesta está por comenzar. Pero el verdadero partido de México sigue jugándose fuera de la cancha.
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