Opinión de
Claudia Soto
CIENCIA PARA LLEVAR | DIME QUÉ EXHIBES Y TE DIRÉ QUÉ SOCIEDAD CONSTRUYES: CHINA MUESTRA CIENTÍFICOS EN SUS CALLES
🤔 “¿Qué pasaría si, en lugar de mostrar únicamente su rostro, cada candidatura destinara la mayor parte del espacio a algo valioso para la ciudadanía? 💡”
En redes sociales circuló recientemente una publicación que muestra enormes pantallas en China con imágenes de científicos, investigadores y algunos de sus aportes. La nota plantea una pregunta provocadora: ¿qué pasaría si quienes hacen ciencia y labores relevantes fueran reconocidos públicamente con la misma intensidad con la que se promueve a celebridades, productos o figuras políticas?
Lo que una sociedad decide colocar frente a nuestros ojos también comunica lo que considera importante.
El espacio público nunca es neutral. Sus anuncios, monumentos, pantallas, nombres de calles, murales y mensajes conforman una pedagogía cotidiana social. Incluso sin entrar a un aula, aprendemos a quién admirar, qué desear, qué consumir y qué entender por éxito. El entorno alfabetiza, pero también inspira, condiciona y jerarquiza.
Paulo Freire sostenía que “la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”. Antes de interpretar un libro, niñas, niños y adolescentes ya están leyendo su colonia, su escuela, sus pantallas y los referentes que la sociedad hace visibles. Leen quién merece ocupar un espectacular y quién permanece anónimo; qué profesiones reciben reconocimiento y cuáles parecen no existir; qué cuerpos, estilos de vida y formas de riqueza se presentan como deseables.
Esta idea también encuentra eco en Hábitos atómicos, de James Clear. El autor señala que “el ambiente es la mano invisible que moldea el comportamiento”. Su argumento es sencillo, nuestras decisiones no dependen exclusivamente de la voluntad, sino que están condicionadas por las señales que encontramos a nuestro alrededor. Aquello que resulta visible, cercano y accesible tiene mayores posibilidades de convertirse en parte de nuestros hábitos.
Nada garantiza que una persona modificará inmediatamente su conducta, pero el ambiente habrá hecho más fácil una decisión saludable o inteligente. La investigación sobre “arquitectura de decisiones” ha mostrado precisamente que la manera de organizar y presentar las opciones puede favorecer elecciones diferentes.
Durante los procesos electorales, nuestras calles suelen cubrirse con miles de rostros, nombres, colores y lemas. La imagen de quienes aspiran a un cargo ocupa bardas, puentes, espectaculares, volantes, termos, banderas y vehículos, pero pocas veces ese despliegue deja conocimiento, belleza o utilidad pública. ¿Qué pasaría si, en lugar de mostrar únicamente su rostro, cada candidatura destinara la mayor parte del espacio a algo valioso para la ciudadanía?.
Albert Bandura explicó que una parte importante del aprendizaje ocurre mediante la observación de modelos. Aquello que una sociedad reconoce públicamente amplía el horizonte de lo imaginable. Una niña que ve científicas, escritoras, deportistas, maestras, artesanas y defensoras de derechos puede descubrir más posibilidades para su propia vida. Un niño que observa hombres dedicados al cuidado, la educación, el arte y la construcción de paz encuentra formas distintas de comprender el éxito y la masculinidad.
Imaginemos por un momento nuestras calles. En lugar de encontrar los mismos rostros y nombres repetidos podríamos descubrir algo valioso sobre nuestra propia comunidad. La imagen de cada candidatura podría aparecer discretamente a un costado, mientras el espacio principal se destinara a compartir conocimiento, arte, memoria y ejemplos de compromiso social. La propaganda dejaría de pedirnos solamente atención y comenzaría a devolvernos algo.
Imaginemos caminar por Zacatecas y encontrarnos, en un muro, con la obra de la artista Susana Salinas; descubrir la trayectoria del guitarrista clásico Carlos Martín Vásquez Díaz; o conocer las investigaciones de Irma González-Curiel y los vínculos que su trabajo establece entre las ciencias biológicas, las microalgas, el ambiente y la salud. Pensemos en publicidad que explicaran las investigaciones de Glenda Flores y Susana Hernández Larios sobre el uso benéfico de las tecnologías; o que mostraran los proyectos del Dr.Héctor Cardona para apoyar, mediante recursos tecnológicos, el aprendizaje de niñas y niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad.
También podríamos conocer las aportaciones de los doctores David Jasso Velázquez y Sonia Villagrán Rueda, cuyos trabajos abordan la psicología educativa, la ciudadanía, la convivencia y los factores psicosociales presentes en los espacios educativos. Sus investigaciones podrían salir de las revistas especializadas y dialogar con la vida cotidiana de las personas.
En otra calle podríamos conocer las aventuras científicas del Dr. José María Celaya Padilla que han llevado a Zacatecas al podio en torneos de robótica. También podríamos encontrar las historias de nuestras niñas, niños y jóvenes que han obtenido reconocimientos en olimpiadas nacionales e internacionales de ciencia, matemáticas, tecnología y robótica. Sus logros demostrarían a otras infancias que el talento también nace y crece en nuestras escuelas y comunidades.
Una fachada podría presentarnos a Sara Gallegos Buenrostro, la física y divulgadora zacatecana creadora de Morra Científica, seleccionada para participar en NASA. Su historia podría recordarle a una niña que estudiar física, comunicar la ciencia y acercarse a una misión espacial no son sueños ajenos ni imposibles.
Se podrían mostrar los cielos, amaneceres, cometas y paisajes capturados por el astrofotógrafo Daniel Coronado Contreras, Dako, y enseñarnos a mirar hacia arriba con asombro. Los muros también podrían convertirse en una galería abierta con las obras de Francisco Goitia, Julio Ruelas, Pedro y Rafael Coronel, Manuel Felguérez, Ismael Guardado y Juan Manuel de la Rosa, acompañadas de códigos que permitieran conocer sus historias y explorar sus creaciones.
También podríamos encontrarnos con el trabajo artístico de Frida Barrios y Mezquite Teatro Colectivo, así como con su defensa del derecho de niñas y niños a acceder, participar y disfrutar de la cultura. Su labor nos recuerda que el arte no debe ser un privilegio reservado para quienes viven cerca de los teatros, museos o centros culturales, sino un derecho que debe llegar a todas las infancias, incluidas aquellas que viven en comunidades rurales o atraviesan condiciones de movilidad y desigualdad.
En ese recorrido también deberían aparecer la maestra Maricruz Olvera y Gabriela Escobedo, quienes han dedicado o dedicaron parte de su labor a acompañar a niñas y niños pertenecientes a familias jornaleras agrícolas migrantes. Hacer visible su contribución permitiría reconocer a quienes trabajan con una población que enfrenta movilidad constante, interrupciones escolares, barreras lingüísticas, pobreza y otras desigualdades estructurales. Hay maestras cuya obra no se encuentra en un museo, sino en cada niña o niño a quien ayudaron a permanecer en la escuela y a sentirse reconocido.
Podríamos conocer, además, la labor de Martín Letechipía Alvarado y Cristela Trejo Ortiz en favor del acceso de las infancias al arte, la cultura y los derechos; el trabajo de Margil Romo Rivera por preservar la memoria y el Archivo Histórico de Zacatecas; o la defensa que María Padilla Moreno realiza de los derechos de niñas, niños y personas con discapacidad. Podríamos descubrir el extraordinario semillero de vocaciones científicas que representa Grupo Quark, fundado e impulsado por Miguel García Guerrero, nuestro querido “Papá Pato”, cuya ciencia recreativa ha enseñado a generaciones enteras que aprender también puede ser divertido.
¿Y si una barda relatara la defensa de las comunidades migrantes realizada durante décadas por los doctores Rodolfo García Zamora —el querido Güero Zamora— y Miguel Moctezuma Longoria? ¿O si un espectacular nos permitiera conocer el trabajo internacional del zacatecano Miguel Alejandro Moctezuma Barraza, coordinador del Programa de Seguridad Global de Oxford y codirector de FOUND, iniciativa que prueba tecnologías para localizar fosas clandestinas y acompaña los esfuerzos de las madres buscadoras? Sus nombres no aparecerían para pedirnos un voto, sino para mostrarnos que desde Zacatecas también se produce conocimiento, se defienden derechos y se construyen respuestas frente al dolor.
Pensemos en lo que ocurriría si cada trayecto cotidiano nos permitiera aprender algo. La ciudad se convertiría en una biblioteca abierta, una galería, un laboratorio y un espacio de memoria. Tal vez una niña descubriría allí que puede ser científica; un niño comprendería que el arte también es una forma de vida; una familia conocería un derecho que ignoraba, y algún joven encontraría una vocación que nunca había imaginado. Eso significaría alfabetizar el ambiente público: hacer visibles los ideales, las personas y las acciones capaces de acercarnos al progreso que decimos querer.
En ese mismo recorrido podríamos conocer la trayectoria del doctor Carlos Marcos Hernández Magallanes, cuya traectoria representa una oportunidad para explicar a la ciudadanía cómo se construye la atención sanitaria en el territorio para acercarla a las poblaciones que más la necesitan.
Podría difundirse la historia de actores relevantes zacatecanos, un poema, una obra artística, información para prevenir la violencia, recomendaciones de protección digital, derechos de niñas y niños, teléfonos de emergencia, datos sobre salud mental o acciones para cuidar el agua. La propaganda dejaría así una contribución, aunque fuera pequeña, en lugar de convertirse solamente en contaminación visual y, al terminar la elección, en toneladas de residuos.
Pero la responsabilidad no corresponde únicamente a gobiernos, partidos, empresas o medios de comunicación. También debemos preguntarnos qué mira, comparte y premia la ciudadanía. Si afirmamos que queremos más ciencia, lectura, cultura, convivencia y participación, pero nuestra atención se concentra exclusivamente en la confrontación, el espectáculo o el consumo, contribuimos a sostener el mismo entorno que criticamos.
Necesitamos, entonces, alfabetizar el ambiente público, aprender a leer críticamente lo que nos rodea y diseñar espacios congruentes con el futuro que deseamos. No se trata de reemplazar una imposición por otra ni de convertir la ciudad en un salón de clases, sino de democratizar lo visible.
Una comunidad también se construye con aquello que decide poner frente a sus ojos. Si queremos una sociedad que valore el conocimiento, la paz, la salud, la igualdad y la solidaridad, esos ideales deben ocupar nuestras calles, pantallas y conversaciones. Porque el entorno no es solamente el escenario donde vivimos, también nos enseña en qué podemos convertirnos.
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