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Claudia Soto Opinión de Claudia Soto

CIENCIA PARA LLEVAR | ¿DULCE, TRUCO O NEURONA? LA CIENCIA DETRÁS DE NUESTRAS TRADICIONES

💀🌼 “Entre tantas calaveras, flores, disfraces y dulces, lo que verdaderamente celebramos es nuestra extraordinaria capacidad de seguir amando ❤️, recordando 🕯️ y compartiendo la vida.” 🧡✨

Hay una temporada del año en la que México parece ponerse de acuerdo para desafiar a la muerte. Las calles se llenan de esqueletos, las casas de flores, las plazas de catrinas y los hogares de fotografías de personas que siempre estarán en la mente y corazón. Mientras algunos adultos preparan cuidadosamente sus altares, miles de niñas y niños esperan impacientes el momento de estrenar sus disfraces, tomar sus pequeñas bolsas y salir a pedir dulces.

Unos recuerdan el pasado. Otros están construyendo los recuerdos del futuro. Y entre ambos sucede algo fascinante y es que una celebración que parece girar alrededor de la muerte termina convirtiéndose en una extraordinaria manifestación de vida.

Desde la psicología, la neurociencia, la historia y la antropología, esta temporada ofrece mucho más que flores, disfraces y decoraciones. Nos permite comprender cómo funcionan nuestras emociones, cómo construimos recuerdos, por qué necesitamos los rituales y de qué manera las tradiciones contribuyen a fortalecer nuestros vínculos familiares y comunitarios.

Estas fechas son de gran emoción y basta observar a un niño que está por salir a pedir dulces. Desde días antes imagina su disfraz, pregunta cuántos días faltan, planea qué personaje representará y espera con entusiasmo el momento de encontrarse con sus amigos.

Esa emoción tiene explicaciones desde la psicología del desarrollo pues, en preescolar le llamaos el juego simbólico y permite a los niños representar personajes, explorar situaciones imaginarias y experimentar diferentes papeles sociales. Cuando un pequeño se disfraza de fantasma, superhéroe, bruja o catrina, no solamente está utilizando un vestuario, también está participando en una experiencia de imaginación, expresión e interacción social.

Además, la anticipación de una actividad agradable puede activar procesos cerebrales relacionados con la motivación y la recompensa, pero lo más importante y tan necesario en nuestra actualidad: la experiencia compartida.

Salir con los padres, caminar por calles decoradas, observar las luces, admirar altares, encontrarse con otros niños y descubrir qué sorpresa espera detrás de cada puerta puede convertirse en un recuerdo autobiográfico significativo.

Quizá dentro de veinte o treinta años esos niños no recuerden exactamente cuántos dulces recibieron. Pero podrían recordar quién los acompañó, de qué se disfrazaron, las risas compartidas o aquella casa cuya decoración les parecía extraordinaria.

Porque la infancia también se construye con pequeñas experiencias que adquieren significado gracias a las personas con quienes las vivimos.

Aunque hoy asociamos esta práctica con Halloween, su historia es mucho más antigua y compleja. Entre sus antecedentes se encuentran celebraciones celtas como Samhain, vinculadas con el final de la cosecha y las creencias sobre el mundo de los espíritus.

Posteriormente, en distintas regiones europeas aparecieron costumbres como el “souling”, mediante el cual algunas personas solicitaban alimentos a cambio de oraciones por los difuntos, y el “guising”, en el que niños y jóvenes utilizaban disfraces y realizaban canciones, bromas o pequeñas representaciones a cambio de obsequios.

Estas prácticas evolucionaron con las migraciones y las transformaciones culturales. En Estados Unidos, pedir dulces de casa en casa adquirió gran popularidad durante el siglo XX, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la expansión de los suburbios y la disponibilidad de golosinas facilitaron su difusión.

En México, la tradición de pedir calaverita tiene expresiones propias y una historia que no debe reducirse a una simple copia de Halloween. Hoy, ambas costumbres conviven en muchas comunidades, donde los niños salen disfrazados y las familias participan simultáneamente en las celebraciones de Día de Muertos.

Y esa convivencia cultural nos recuerda algo importante, pues las tradiciones no son piezas inmóviles del pasado. Son prácticas sociales que las generaciones reinterpretan y transforman.

Por otro lado, los números tamibén cuentan historia y nos permiten dimensionar la importancia cultural y económica de estas celebraciones.

De acuerdo con un estudio de Kantar México publicado en 2022, el 82% de las familias contemplaba comprar pan de muerto; el 73%, veladoras; y el 32%, calaveritas de azúcar o chocolate. Además, tres cuartas partes de las familias consideraba adquirir golosinas para los niños o para sus ofrendas.

Estos datos revelan cómo los elementos tradicionales conviven con las experiencias infantiles. En Estados Unidos, la National Retail Federation estimó para 2026 un gasto de 13,500 millones de dólares relacionado con Halloween. Según su encuesta, el 50% de los consumidores planeaba disfrazarse y el 42% decorar sus hogares o jardines.

Aunque estas cifras pertenecen a contextos distintos y no deben confundirse con las prácticas mexicanas, permiten observar cómo las celebraciones se han convertido también en importantes fenómenos económicos.

Detrás de las decoraciones y los disfraces existe una red de actividades que involucra a comerciantes, artesanos, productores de flores, panaderos, vendedores de dulces y numerosas familias que encuentran en estas fechas oportunidades de trabajo.

Pero sería un error reducir su importancia al consumo. El verdadero valor social de estas celebraciones también se encuentra en lo que sucede cuando las personas salen de sus hogares y vuelven a encontrarse.

CUANDO LAS CALLES SE CONVIERTEN EN ESPACIOS DE CONVIVENCIA

En una época en la que buena parte del entretenimiento infantil ocurre frente a las pantallas, resulta interesante observar cómo una celebración puede motivar a familias enteras a salir a caminar.

Hay quienes recorren nuestro centro histórico y las colonias para admirar las decoraciones, quienes visitan plazas y exposiciones de altares, quienes fotografían las catrinas monumentales y quienes simplemente disfrutan observar cómo otras familias han transformado sus casas.

Desde la psicología comunitaria, estas experiencias pueden analizarse a partir del sentido de pertenencia y de las oportunidades de interacción social.

Foros 1

Los espacios públicos pueden convertirse en escenarios donde construimos relaciones, compartimos experiencias y reconocemos que pertenecemos a una comunidad.

Una calle decorada puede invitar a los vecinos a conversar. Una exposición de altares puede despertar preguntas sobre la historia de una familia. Una actividad escolar puede reunir a padres, abuelos, docentes y estudiantes alrededor de una tradición compartida.

Por supuesto, estas experiencias también requieren condiciones de seguridad, accesibilidad y respeto a las distintas formas de celebrar. Sin embargo, cuando se desarrollan en entornos adecuados, nos recuerdan que la convivencia comunitaria sigue siendo una dimensión fundamental del desarrollo infantil.

LA OTRA EMOCIÓN: RECORDAR A QUIENES YA NO ESTÁN

Mientras los niños esperan sus disfraces y dulces, en muchos hogares ocurre una experiencia emocional completamente distinta.

Una madre busca la fotografía de su hijo. Un abuelo coloca el café que tanto le gustaba a su esposa. Una familia prepara la comida favorita de alguien que falleció hace muchos años.

Y entonces, entre flores, veladoras y recuerdos, aparecen las ausencias. La neurociencia y la psicología, han demostrado que la memoria autobiográfica está estrechamente relacionada con las emociones. Los olores, los sonidos, las imágenes y los sabores pueden evocar experiencias personales con una intensidad sorprendente.

Por eso, el aroma de un platillo puede transportarnos a la cocina de nuestra abuela, mientras una canción puede recordarnos a un amigo que ya no está.

Desde la psicología del duelo, las investigaciones sobre los vínculos continuos han permitido comprender que mantener una relación simbólica con las personas fallecidas puede formar parte de la adaptación a la pérdida.

Recordar, contar historias, conservar objetos o participar en rituales conmemorativos no necesariamente significa permanecer atrapados en el pasado. En muchas ocasiones significa integrar a nuestra vida presente el amor y las enseñanzas de quienes ya no pueden acompañarnos físicamente.

Y quizá eso explique por qué el Día de Muertos puede producir emociones aparentemente contradictorias. Podemos llorar mientras preparamos un altar y reír minutos después al recordar una anécdota divertida. Podemos sentir nostalgia por quienes faltan y alegría al observar a nuestros hijos disfrutar de la celebración.

UNA TRADICIÓN QUE TAMBIÉN EDUCA

En 2008, la UNESCO inscribió las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, después de su proclamación original en 2003.

Este reconocimiento destaca su importancia como una expresión cultural que articula creencias, conocimientos, rituales y vínculos comunitarios.

Desde una perspectiva educativa, las celebraciones también representan oportunidades para que niñas y niños conozcan su historia familiar, comprendan la diversidad cultural y desarrollen preguntas sobre la vida, la muerte y la memoria.

Un niño que pregunta quién aparece en una fotografía está abriendo una puerta al conocimiento de sus antepasados. Otro que ayuda a elaborar un altar está participando en la transmisión de prácticas culturales. Y aquel que sale a recorrer las calles con su familia también está aprendiendo sobre convivencia, reglas sociales y participación comunitaria.

La clave está en acompañar estas experiencias con sensibilidad, respetando las edades, las emociones y las creencias de cada familia.

Para ir cerrando, dentro de unos días se retirarán las decoraciones, se guardarán los disfraces, desaparecerán las flores y las calles recuperarán su apariencia cotidiana.

Los niños habrán terminado sus dulces y los adultos guardaremos nuevamente algunas fotografías. Pero algo habrá quedado.

Quizá un niño recuerde por primera vez la historia de su bisabuelo. Una familia habrá vuelto a reunirse alrededor de una mesa. Alguien habrá encontrado consuelo al recordar a una persona querida. Y muchas niñas y niños habrán vivido una experiencia que, con el paso de los años, podría convertirse en uno de esos recuerdos que evocan con una sonrisa.

Porque esta temporada tiene algo profundamente conmovedor y es que mientras enseñamos a nuestros hijos a recordar a quienes murieron, también estamos construyendo los recuerdos con los que algún día nos recordarán a nosotros.

Y quizá por eso, entre tantas calaveras, flores, disfraces y dulces, lo que verdaderamente celebramos es nuestra extraordinaria capacidad de seguir amando, recordando y compartiendo la vida.

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