El caminante errante | Doña Chole

El caminante errante | Doña Chole

EcoDiario

“…No puedo platicar lo que vi, de verdad te juro que no aguantarás o no me vas a creer.…”

 

 Sergio Ríos Sandoval 

-Chole, ¿cómo te va?

-Bien, amigo Fede. Vengo desde los pirules y tengo un cansancio refeo en mi espalda. Era necesario ir hasta arriba, tenía que escoger unas ramas de las mejores. Me pidieron que fuera a hacer una limpia en la casa de Sebastián Rosales, el primo del alcaide. Dicen que anda patas p'arriba. Andaba de valientito, burlándose de Dios y de las cosas ocultas Y ya ve lo que le pasó. Platica solo, en su casa se escucha que se caen las cosas, se mueven las cortinas, los animales lloran, algunas veces se ven sombras; se oyen  llantos, risas, bramidos, bufidos. Todo un desastre la casa del Sebastián.

También dame cuatro cajitas de cerillos. Nomás a eso vine, no quiero que pase como la otra vez que andaba dando la limpia en casa de Catalina y un espíritu me apagó muchas veces la veladora hasta que me quedé sin cerrillos, y pos dejé la limpia a medias.

-Tanta gente que has curado, Chole. ¿Cuál es el caso que más te ha marcado?

-Fede, créeme que no quiere saber. Hay cosas que ustedes que no tienen sabiduría no comprenderían.

-En eso puede ser que tengas tú la razón, pero me gustaría saber. Nomás por saber.

-Ándale pues, tú así lo quieres, tú te lo aguantas. Figúrate que el Macario López, el hijo de Hortensia, la güera, la que se cayó en la procesión el año pasado... 

-Sí, si sí sé cual. ¿Ese qué?

-Aguanta, Fede, no seas hambriado.  Fue el primero de octubre, de hace dos años, no me olvido de esa fecha, nomás porque no quiero, porque yo tengo mis motivos, pero ese día me dijo la señora que el Macario se quejaba mucho de un dolor en su panza, que lo hacía hasta arrastrarse. Esa misma tarde preparé pocas cosas de la curadera y me fui a su casa. El pobre tenía los ojos rojos, ¡rojos, rojos! Parecía el mismísimo chamuco. Cuando me vio me pidió auxilio, me decía que le ayudara. Cuando le toqué su mano se me manifestaron tres demonios, ellos estaban anclados al cuerpo del Macario. Nombre, esas son de las maldiciones más poderosas. Yo no tenía mucha fuerza para lidiar con esos pero, pos, hice un gran esfuerzo. Esas cosas tienen que salir del cuerpo con mucha oración y con agua bendita de tres catedrales. ¿Tú crees? ¿De dónde sacamos tres catedrales?

Lo recostamos y con un té que le preparé lo mandé a dormir, los demonios se quedaron quietos por  un ratito. Le quitamos la ropa… ¡pobre! Lo que le quedaba de hombre lo tenía agusanado, podrido. ¡Ay, Diosito! me acuerdo del olor y se me revuelve otra vez la panza. 

Su primo Luis se animó a buscar tres catedrales pa encontrar el agua bendita. Tuvimos que encerrar en un cuarto al Macario por unas tres semanas y media: solo le pasaban comida por un agujero que tenía la puerta.

Después del cuarto día de encierro, Hortensia tenía que estar echando ajo quebrado con agua en la puerta pa que no se salieran los gusanos. Un sábado, en la noche, ¿o era domingo? ¡Ya: era domingo! me acuerdo porque se oyeron las campanadas de la misa, Luis llegó apresurado con sus tres frascos de agua bendita. Pa ese tiempo hedía todo por ahí, hasta el barbecho de Lupe Bañuelos, peor que a perro muerto: hedía a mierda, o a quién sabe qué. Cuando entré a la casa Hortensia estaba haciendo la comida, pero no me la vas a creer. Mejor ya no quiero contar.

-Cuenta Chole, cuenta. Ya estoy picao.

-Que conste, que yo le advertí. Hortensia hacía su comida y del techo le caían gusanos. Caían en el guisado que estaba preparando, caían en su cabeza, sus trenzas estaban como entretejidas con gusanos; de las mangas de su camisa le salían gusanos, en las orejas tenía gusanos. Fede, todo aquello era asqueroso, yo ya no quería entrar. El Luis ni siquiera se acercó a la casa por el olor a muerte. La Hortensia, parecía que se había acostumbrado a eso. Me fui directito al cuarto en el que estaba Macario. Fede, fue la cosa más espantosa que han visto mis ojos. No puedo platicar lo que vi. Lo único que te puedo decir es que cuando aventé el agua bendita con mis rezos, todos los miles de gusanos se fueron junto con ese olor nauseabundo y quedó en el cuarto un esqueleto sin vida. Los gusanos ya se habían tragado a Macario. Hortensia gritaba de dolor y de coraje, me suplicaba venganza. Yo no le dije quién fue la causante de esa desgracia. Ese trabajo que le hicieron al Macario es de los peores maleficios. Tuvieron que ir lejos, lejos para hacer eso aquí a los alrededores de Santa Rosa de los Ríos no existe alma tan malvada que sea capaz de hacer ni siquiera la mitad de daño de lo que le hicieron al Macario. 

-Dios nos libre de semejante atrocidad.

-Ya me voy porque se me hace tarde. Algún día puede ser que me anime a contarte bien todo lo que vi. Adiós. Dios te lo pague.

Comparte esta nota:

Noticias Relacionadas