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Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | ACORDEÓN

¿Alguna vez han usado un «acordeón» (hoja de respuestas)?

Un empujón”


¿Alguna vez han usado un «acordeón» (hoja de respuestas)? Por cierto, ¿aún se les llama así? Yo nunca lo he hecho, aunque debo admitir que he sentido la tentación. Si puedo decir que no, es en parte porque siempre he sido malo para los exámenes escritos, razón por la cual mi rendimiento académico fue bajo en la escuela. No puedo afirmar que jamás le copié a nadie, porque sí lo hice; pero tener a la mano las respuestas preparadas de antemano, eso jamás.

Las pocas veces que le copié a un compañero sin que lo notara, me sentí una mala persona. En primer lugar, porque solían darse cuenta de que miraba sus hojas; al percatarse, me lanzaban una mirada de desprecio y de inmediato cubrían sus respuestas con los brazos. En segundo lugar, porque al recibir el examen calificado, me daba cuenta de que sacaba malas notas precisamente en las preguntas que había copiado, mientras que aquellas que había respondido al azar resultaban estar bien. Así que decidí no volver a copiarle a nadie y responder únicamente lo que supiera. Hasta cierto punto me siento satisfecho con esa decisión, aunque tampoco es algo que presuma con orgullo; pero esos cincos y seises en mis calificaciones me los gané a puro pulso.

Sin embargo, ahora que lo pienso, vi a otros usar el famoso acordeón en la secundaria, en la preparatoria, en la licenciatura e incluso en el posgrado. Puedo entenderlo en la educación básica o media superior, etapas donde a menudo solo se busca obtener una calificación rápida para salir a jugar o dedicarse a otra cosa. Pero me resulta inconcebible en una licenciatura y, mucho más, en un posgrado.

Comparto esto porque me pareció muy revelador lo ocurrido recientemente en el examen de admisión para licenciatura de la UNAM. A través de plataformas como TikTok, varios aspirantes tuvieron acceso a guías y métodos para evadir la supervisión y responder la prueba sin contratiempos, una situación que generó tal controversia e irregularidades que obligó a revisar y pausar el proceso.

A mis casi cuarenta años —de los cuales he pasado la mitad como docente y alumno presenciando las constantes trampas para aprobar—, esta crisis en la máxima casa de estudios evidencia la enorme brecha entre la adopción apresurada de nuevas tecnologías y la capacidad institucional para regularlas.

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Probar esquemas de examen virtual a gran escala basándose en la supervisión por software o inteligencia artificial resultó ser un arma de doble filo. Mientras que el sistema llegó a cancelar exenciones a estudiantes honestos por falsos positivos (como ruido ambiental o un leve movimiento de cabeza), no logró detener a quienes emplearon trucos coordinados mediante Discord o cámaras periféricas para eludir los puntos ciegos.

Que plataformas como TikTok —donde los algoritmos premian lo viral— se conviertan en el canal para difundir estos métodos demuestra la rapidez con la que se vulneran los sistemas. Los candados de seguridad tradicionales en entornos digitales quedan obsoletos casi al instante.

Jean-Paul Sartre llamaría a esto un acto de «mala fe».

Cuando estos aspirantes luchan por adoptar la identidad y el prestigio de pertenecer a la universidad, lo hacen lejos de un interés auténtico por el conocimiento. Una cosa es poseer un título universitario y otra muy distinta saber ejercerlo. Buscar respuestas rápidas en redes sociales para aprobar un filtro de admisión es el ejemplo perfecto de mala fe existencial: se prioriza la apariencia del resultado (la admisión o el diploma) por encima de la vivencia auténtica del aprendizaje. En el fondo, es una autoengaño: creer que ser universitario consiste en superar un trámite y no en haber desarrollado el criterio para estar ahí.

Aunque, viéndolo bien, recuerdo a un exfuncionario que hace casi una década, sin cumplir con el perfil ni la preparación para el cargo, declaró sin rodeos: «Vengo a aprender de ustedes». Tal vez esta actitud es el reflejo directo de nuestro entorno: la creencia de que no se necesita saber ni ser especialista en una materia para ocupar un espacio, sino que basta con un empujón para colocarse ahí.



*Análisis Existencial


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