EL ESPECTADOR | CORAZÓN ROTO
Recuerdo los rechazos de la infancia, cuando la fantasía de un encuentro extraordinario chocaba contra la claridad de no ser querido. Supongo que, desde entonces, el quiebre ya habitaba en mí.
“ser-con-otro”
¿Has escuchado alguna vez el estruendo de un corazón que se quiebra?
En la literalidad de la vida, eso no sucede a menos que una hoja de acero surque el pecho; sin embargo, hay ausencias que cortan con la misma precisión. Recuerdo los rechazos de la infancia, cuando la fantasía de un encuentro extraordinario chocaba contra la claridad de no ser querido. Supongo que, desde entonces, el quiebre ya habitaba en mí.
En la cotidianidad, nuestros actos y nuestro cuerpo son transparentes: simplemente estamos en la acción, fluyendo en el mundo sin notarnos. Pero cuando el vínculo con alguien se rompe, el cuerpo deja de ser un medio para convertirse en estorbo. El quiebre nos obliga a mirar lo que antes dábamos por sentado; la serenidad se retira y la existencia empieza a pesar. Aparece entonces la tensión en la frente, el dolor que se encarna y la desesperación por el rastro perdido de alguien.
Para Heidegger, el Dasein es esencialmente un ser-con-otros, cuando amamos a otro ser, nuestra apertura al mundo está sintonizada con el otro; él o ella es el horizonte que dota de sentido a nuestros planes y a nuestro tiempo. Al decir que se ha roto el corazón, lo que en verdad nombramos es el desvanecimiento de un horizonte. Los viajes que trazaban rutas en el mapa de dos, las noches donde el tiempo se suspendía y las risas que inyectaban vitalidad a la sangre, se apagan. Incluso el brillo de los ojos —ese destello de reconocimiento— se transmuta ahora en una niebla densa; un velo que lo envuelve todo hasta volverlo irreconocible.
El mundo, antes vibrante de significados compartidos, se vuelve de pronto un desierto mudo. La mayor de las mentiras es la promesa de que 'ya pasará'; quien lo dice, ignora que se ha desfondado el suelo firme donde se apoyaba el existir. Sin ese sustento, la vida se convierte en una caída constante, un vértigo donde terminamos arrojados a una situación que nunca pedimos habitar. Ya no caminamos: caemos hacia un presente que nos es ajeno.
Habitar un corazón roto es habitar un mundo de dolor donde uno se repliega sobre sí mismo. Ya no hay posibilidades de percibir nada que no sea la falta. Y cuando la ausencia llega, surge la pregunta inevitable: ¿cómo he estado siendo para que el otro elija alejarse? Antes de buscar culpables, el quiebre nos exige el esfuerzo de mirarnos. Lo pendiente se convierte entonces en un ancla llamada frustración: ese intento inútil de cambiar el pasado para sanar un presente que ya no nos pertenece.
Toda relación supone un sendero compartido: un caminar a la par que se desdibuja cuando los rumbos dejan de ser espejo el uno del otro. Alguna vez leí que los filósofos existenciales cimentaron su pensamiento bajo una premisa implacable: 'la verdad solo brilla en el peligro agudo'.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué estamos condenados a hundirnos en el dolor crónico para distinguir, al fin, lo que es sagrado? ¿Cómo es que solo cuando el ser amado se retira somos capaces de encarnar todo lo que pudimos ser para ese ser?
Resulta desolador descubrir que en la llanura de lo cotidiano rara vez divisamos lo urgente. Quizá, si despertáramos cada día con la certeza de que este vínculo podría dejar de coexistir mañana, nos nacería una pregunta distinta: ¿Cómo puedo seducir a este ser para que me siga eligiendo como si no existiera el después?
Pero preferimos el silencio. ¿Evitamos el cuestionamiento por miedo o por puro tedio? Tal vez sea cierto que, en los dominios del amor y en los abismos de la pareja, no existe refugio para los tibios.
*Análisis Existencial