EL ESPECTADOR | EL MES DEL AMOR
Desde mi aislamiento, me transporto inevitablemente a los pasillos de cuando era estudiante de secundaria, esa época donde el amor era una mezcla de asombro, torpeza y una premura que no terminaba de comprender.
¿Qué significado tiene este mes?”
Febrero ha llegado, trayendo consigo ese título gastado que el mundo le impone: EL MES DEL AMOR. Por doquier brotan corazones y la radio satura el aire con promociones; la televisión nos insta al consumo y se comenta, casi como un secreto a voces, que es la temporada en la que los hoteles ven sus mejores ingresos. Hace tiempo que no uso las redes sociales, pero imagino que, a su vez, en estos días, el mundo parece contagiado por una urgencia artificial de entrega.
Desde mi aislamiento, me transporto inevitablemente a los pasillos de cuando era estudiante de secundaria, esa época donde el amor era una mezcla de asombro, torpeza y una premura que no terminaba de comprender. Al recordarlo, admito que ya desde entonces carecía de habilidad para comunicar mis intenciones, y mucho menos podía expresar mis sentimientos.
Evoco con nitidez a una chica que me gustaba; ella cursaba el primer grado y yo el tercero. Cuando la miré por primera vez, sentí que mis ojos tropezaban con algo inédito. La observé durante días, semanas e incluso meses hasta que, tras constantes esfuerzos y gracias a la astucia de mi hermana, logré conseguir su número telefónico.
Aún hoy sonrío al recordar aquellas primeras llamadas. Solía juntar mis monedas para comprar una tarjeta telefónica y, cuando por fin la tenía en mis manos, la emoción me desbordaba. Corría como el niño que era hacia la caseta más cercana e introducía el plástico con rapidez. Todavía puedo sentir ese vacío en el estómago mientras escuchaba el tono: tun… tun… Mi respiración se agitaba con cada señal, sintiendo que los intervalos se hacían eternos. Sin embargo, la ilusión se transformaba en puro terror cuando, en lugar de su voz, escuchaba el rugido de su padre contestar con un seco:
—¡Bueno!
En ese instante, colgaba de inmediato y huía hacia casa como si hubiera cometido un crimen.
¡Ah, qué buenos tiempos!
Lo mejor de aquellos años era la mística de los buzones escolares, esos cofres de cartón donde se resguardaban cartas secretas. Inspirado por el momento, me atreví a escribir mi primer poema; uno que, por cierto, encontré hace poco entre libretas que el tiempo se había encargado de custodiar. Plasmé mis palabras en una hoja en blanco y la adorné con un dibujo. En un arranque de romanticismo, perfumé el papel y lo doblé con sumo cuidado hasta que cobró la forma de una rosa. Para no levantar sospechas, le pedí a un amigo que fuera mi cómplice y la depositara en el buzón.
Cuando finalmente llegó el 14 de febrero, durante el festival, miré desde lejos cómo ella y sus amigas corrían emocionadas para descubrir sus mensajes. Mi corazón latía con la misma fuerza que frente a aquella caseta telefónica, observando a la distancia el destino de mi rosa de papel.
A menudo pienso en el padre de la filosofía existencial, Søren Kierkegaard, aquel hombre que pasó su vida mirando desde lejos a su amada para evitar que el sentimiento se marchitara con el contacto de la realidad. Fue un hombre que eligió habitar el deseo en lugar de consumirse en la satisfacción. En mis propios momentos de reflexión, descubro que mi falta de iniciativa no nace de una elección filosófica, sino del temor a la decepción. Me detiene el miedo al rechazo, pero me aterra aún más que el amor, tal como lo experimento ahora, se pierda en los laberintos de la rutina, las discusiones, la indiferencia y la falta de compromiso.
Muchos se emocionan con la llegada de este mes. Para algunos, la meta es hallar a la persona perfecta, encontrar finalmente su “otra mitad”. Se enamoran, se comprometen y el futuro brilla con una intensidad cegadora; hay quienes incluso aprovechan el instante para casarse, jurándose eternidad en un día de calendario. Sin embargo, un día, sin que medie tragedia alguna, la relación cambia: el enamoramiento se transmuta en costumbre y la magia cede su lugar a la inercia.
Así, febrero se convierte para algunos en el mes de la esperanza, un refugio donde creen que la relación puede comenzar de nuevo, donde los regalos y los detalles pueden devolverles lo que fueron. Ignoran, quizá, que lo que ya fue no volverá a ser.
Para mí, es un mes que prefiero evitar. Esa faceta amorosa y detallista ya no habita en mí. Pero para ti, que lees esto, ¿qué significado tiene este mes?
*Análisis Existencial