EL ESPECTADOR | EL TRAJE

He decidido no ir a la ceremonia; no me hace falta el estrado ni los aplausos de desconocidos.

Alex Bravo
EL ESPECTADOR | EL TRAJE

“un mundo que ya no existe”


Por fin, el largo camino del doctorado ha terminado. Ahora me hundo en el laberinto del trámite, ese compás de espera que se arrastrará por un año o dos, como un eco de algo que ya no me pertenece. He decidido no ir a la ceremonia; no me hace falta el estrado ni los aplausos de desconocidos. Tengo otros proyectos donde yo mismo seré el único que apruebe si realmente aprendí algo.

Pero el ritual exige un último tributo: las fotografías para la titulación. Al abrir el armario, el destino me obliga a un reencuentro. Allí, entre el olor a madera vieja y sombra, está el traje. Lo compré hace un par de años para un futuro que nunca sucedió; una prenda que colgué para una promesa que se carcomió antes de estrenarse. Es una ironía que me muerde en silencio: voy a inmortalizar un cierre académico envuelto en las telas de un cierre personal.

Me miro en el espejo. Mientras la fotógrafa espera que me aliste. Siento en mí una melancolía que me despierta el ánimo de querer llorar.

No recuerdo la última vez que mi cuello se ciñó al rigor de una corbata. Ambos objetos —saco y camisa— me resultan ahora extraños, reliquias de una identidad que ya no reconozco. Alguna vez guardé la ilusión de vestirlos para el altar, de lucirlos en ese brindis nupcial que el destino borró del calendario. Fue un evento que nunca ocurrió; la petición y la sorpresa se fueron evadiendo entre cancelaciones y la cotidianidad, hasta que nuestros caminos se separaron. La promesa se quedó colgada, acumulando el polvo de los años.

La fotógrafa debe salir para atender a otro cliente. Dejo de mirar el espejo y me paso a sentarme en un banco. La habitación es oscura. Pero fijo mi mirada en la cámara, mientras pienso y como es que la foto que acreditará mi máximo grado académico contenga, físicamente, el vestigio de mi mayor pérdida personal. Es una síntesis perfecta de la existencia humana ¿acaso nuestros logros siempre tienen que estar envueltos en nuestras cicatrices?

Es curioso rescatar todo esto del olvido por un trámite administrativo. Por pereza, o quizás por un apego que no quiero admitir, no busqué una prenda nueva. Encuentro un consuelo amargo al saber que, finalmente, servirán para algo: no para la comunión de un amor extinguido, sino para el rigor de lo cotidiano.

¿Qué se puede aprender de habitar el presente envuelto en el traje de

un Alex que nunca llegó a ser?



Para Heidegger, las cosas no son solo objetos; son útiles (Zeug) que adquieren sentido a través de nuestros proyectos. Normalmente, la ropa es "invisible" mientras cumple su función (Zuhandenheit). Pero al encontrarlo ahí, sin estrenar, el traje ha perdido su para-qué. Se vuelve "llamativo", se nos presenta como algo puramente ahí (Vorhandenheit).

Al mirarlo, no veo solo tela; veo toda una red de significados que falló: la boda, el compromiso, el futuro compartido. El traje "ilumina" un mundo que ya no existe.

La fotógrafa vuelve, y me pide que voltee un poco la cara. El flash me saca de la reflexión.

 Al terminar, me despojo de la corbata, del saco y de la camisa. Me retiro del lugar. Para cuando regreso por las fotos, la encargada me dice que olvidé mi traje.

Sin siquiera mirarlo, respondo:

—No. Ese traje no es mío.

Con una lagrima en mi rostro,

me digo a mi mismo;

Ese Alex ya murió.


Hasta pronto.


Análisis Existencial


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