Opinión de
Adrián Nevares
ENTRE CIFRAS Y REALIDADES | EL CELULAR EN EL AULA: EL RETO NO ES PROHIBIRLO, SINO APRENDER A USARLO
Hablar del uso del celular en la escuela suele llevarnos a una pregunta aparentemente sencilla: ¿la educación y los estudiantes no se llevan con el celular?
Hablar del uso del celular en la escuela suele llevarnos a una pregunta aparentemente sencilla: ¿la educación y los estudiantes no se llevan con el celular? Quizá el problema no sea el teléfono, sino la manera en que hemos aprendido a relacionarnos con él dentro del aula.
El celular ya forma parte de la vida cotidiana de millones de mexicanos. De acuerdo con la ENDUTIH 2024 del INEGI, 81.7 % de las personas de seis años y más utilizó un teléfono celular, equivalente a 98.6 millones de personas. Esto significa que 18.3 % no lo utilizó; es decir, aproximadamente 22 millones de personas quedaron fuera de ese universo de usuarios. Entre las principales razones para no utilizarlo estuvieron la falta de recursos económicos, no saber utilizarlo y que no les permitieran usarlo.
Este dato también nos obliga a mirar el tema desde otra perspectiva: el celular puede ser una herramienta educativa, pero no todas y todos tienen las mismas posibilidades de acceso. Por eso, prohibirlo de manera absoluta tampoco resuelve las desigualdades digitales.
En la escuela, el desafío consiste en pasar de la lógica de “permitir o prohibir” a la de educar para utilizar. Un teléfono puede distraer, interrumpir la atención y dificultar la convivencia cuando se utiliza sin propósito; pero también puede convertirse en una herramienta para investigar, consultar información, producir contenidos, desarrollar proyectos y aprender de nuevas maneras. La propia ENDUTIH contempla entre los usos del celular las actividades escolares, además de la comunicación, capacitación y entretenimiento.
Por ello, más que preguntarnos si el celular debe entrar o no al aula, deberíamos preguntarnos qué competencias necesitamos desarrollar para que las y los estudiantes sepan cuándo utilizarlo, para qué y cuándo dejarlo a un lado.
La escuela no puede educar de espaldas a la realidad tecnológica de sus estudiantes. Tampoco puede asumir que toda tecnología es educativa por el simple hecho de estar disponible.
La educación y los estudiantes sí se llevan con el celular; el verdadero reto es que la escuela enseñe a convertirlo de una fuente de distracción en una herramienta de aprendizaje, responsabilidad y ciudadanía digital.
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