EL ESPECTADOR | ESTADO NACIENTE
Quizá me llamen tonto, pero para mí, la mejor manera de mostrar que el corazón late por alguien es el acto de compartir mis galletas.
“14 de febrero”
Hoy es catorce de febrero y el mundo exterior parece haberse puesto de acuerdo para vestir un mismo uniforme. No hallo en mi espíritu el ánimo de cruzar el umbral de mi puerta; sé que, en un día como hoy, las calles se convierten en un inventario de afectos expuestos, donde en cada esquina brotan puestos de obsequios y, bajo la luz roja de los semáforos, florecen mercaderes de pétalos ofreciendo detalles para ese ser que habita el pensamiento. Pero, ante tal despliegue, me asalta una duda: ¿qué es, en esencia, el enamoramiento? Recuerdo que, en los días claros de la infancia, la medida de mi sentir era el aleteo de mariposas prisioneras en el estomago; hoy, en la sobriedad de la adultez, esas alas parecen haber perdido su vuelo y lo que encuentro en mi interior es un vacío que bosteza.
Hago una pausa para buscar una galleta antes de continuar con este hilo de pensamientos. Quizá me llamen tonto, pero para mí, la mejor manera de mostrar que el corazón late por alguien es el acto de compartir mis galletas. Me place la pequeña ceremonia de sumergirlas en el café, dejando que el calor las abrace antes de degustarlas junto a otra presencia. Son gestos que podrían tacharse de infantiles, pero para mi alma denotan todo un universo de significados. En fin, volvamos a la pregunta que nos convoca: ¿qué define realmente a este estado?
Acude a mi memoria Francesco Alberoni, quien definía el enamoramiento como el “estado naciente” de un movimiento colectivo formado apenas por dos personas. Para él, enamorarse no es un simple proceso biológico, sino una auténtica revolución existencial. Sostenía que nos enamoramos cuando nuestra vida anterior ya no nos satisface, cuando el presente se vuelve insuficiente. Así, el enamoramiento es la chispa que nos permite incendiar el pasado para crear una identidad compartida; es la fase explosiva y revolucionaria de un encuentro amoroso.
Me detengo en esas palabras: ¿una fase explosiva y revolucionaria? Alberoni propone que el enamoramiento es la forma más pequeña de una revuelta social. Así como las grandes revoluciones rompen con el orden establecido para fundar uno nuevo, el enamoramiento fractura la tiranía de la vida cotidiana. De pronto, ese ser irrumpe en la costumbre y hace que olvidemos hasta las penas más hondas, sumergiéndonos en una enajenación donde solo el otro exige nuestra atención absoluta. Es curioso, pues para que este fuego prenda, debe existir primero una saturación del estado anterior; nos enamoramos porque sentimos que lo que se tiene ya no basta, y se cree hallar la plenitud en ese nuevo ser.
Ahí reside lo revolucionario, pero lo explosivo aparece en el instante del hallazgo. En ese momento se libera una energía psíquica acumulada que nos proyecta hacia un futuro compartido, demoliendo nuestras rutinas previas como si fueran castillos de naipes. Sabemos que estamos enamorados porque sentimos detonaciones continuas que cimbran todo nuestro ser, desde la piel hasta el pensamiento más profundo. Enamorarse es un acto de valentía porque, frente a la novedad, nos obliga a deponer nuestras defensas. Antes del encuentro somos fortalezas cerradas en hábitos y normas; pero en la embriaguez del enamoramiento, las fronteras entre el “yo” y el “tú” se vuelven porosas. No solo te unes a otro, sino que te reconstruyes a través de sus ojos en una muerte simbólica de la identidad vieja para dar paso a una identidad de dos.
Por supuesto, todo este caos ocurre mientras dura el hechizo, pues del desorden siempre termina por emerger un nuevo orden: EL AMOR. Pero ese es tema de otra ocasión. Disfruten ustedes de su día de enamorados; yo, por mi parte, seguiré aquí, celebrando mi propia y silenciosa revolución, sumergiendo galletas en el olvido tibio de mi taza de café.
*Análisis Existencial