Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | LOS PUEBLOS ORIGINARIOS
Octavio Paz aborda la soledad como una experiencia histórica de forma magistral, particularmente en El laberinto de la soledad.
“Solos frente a lo desconocido”
Octavio Paz aborda la soledad como una experiencia histórica de forma magistral, particularmente en El laberinto de la soledad. Para Paz, la Conquista no fue únicamente un choque militar y político, sino una orfandad cósmica y cultural. Cuando el orden antiguo colapsa —el gobernante cede, la viruela diezma a la población y los dioses tradicionales callan ante la imposición del Dios cristiano—, los pueblos originarios experimentan una ruptura radical con su mundo. Esa sensación de «quedarse solos frente a lo desconocido» constituye una de las tesis más lúcidas sobre el trauma de la Conquista.
Pero ¿pudo haberse detenido el avance de Cortés y su ejército? Las opiniones permanecen divididas. Es cierto que hubo momentos críticos —como los pasos montañosos entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl (el actual Paso de Cortés)— donde una emboscada bien coordinada por parte de los señoríos locales (como Tlaxcala o Huexotzinco, antes de aliarse con los españoles) habría mermado severamente a la hueste castellana. Sin embargo, la dinámica política mesoamericana, plagada de rivalidades internas y tributos opresivos impuestos por los mexicas, hizo que muchos vieran en los españoles un instrumento útil contra Tenochtitlan antes que una amenaza foránea inmediata a destruir en el acto.
Cuando Cortés hizo uso de ese paso, la geografía se convirtió en una metáfora existencial y fronteriza: el momento exacto en que el mundo mesoamericano cruzó un umbral sin retorno. Los pueblos originarios jamás volverían a ser los mismos.
El Paso de Cortés es la depresión topográfica ubicada a más de 3,600 metros de altura entre dos colosos: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Ese paso físico representa ese «instante de decisión» en el que la historia pudo haberse fracturado de otra forma. Es el umbral donde el destino de dos mundos pendía de una estrategia militar que no ocurrió. Cruzar ese puerto de montaña significaba traspasar la frontera de lo conocido: para los mexicas, al otro lado de la sierra se gestaba una amenaza que sus dioses y su diplomacia tradicional ya no alcanzarían a contener; para los españoles, era quemar las naves en tierra firme, adentrándose en el corazón de un imperio desconocido.
Cuando Moctezuma les abre las puertas de la ciudad, sus habitantes quedan solos frente a lo inhóspito. El Paso de Cortés es, en esencia, la puerta de entrada física a esa tragedia, el sitio donde el conquistador cruza literalmente la muralla natural de la geografía anáhuaca. En términos existenciales, ese paso elevado y solitario entre volcanes activos e indiferentes al destino humano refleja bien la orfandad de la que hablaba Paz: un paisaje inmenso y frío que atestigua, impasible, el colapso de una civilización entera que pronto se vería abandonada por sus propios pilares sagrados.
Así, llamar hoy “Paso de Cortés” a ese camino de alta montaña trasciende la anécdota cartográfica: se convierte en el recordatorio topográfico del momento en que la contingencia histórica permitió el ingreso de aquello que transformaría radicalmente el horizonte humano de Mesoamérica.
Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum propuso cambiar el nombre del histórico sitio por “Paso de los Pueblos Indígenas” en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, posiblemente se movió por una intención de reivindicación histórica. Y es que, desde la Conquista hasta la fecha, esos pueblos han atravesado un proceso de etnocidio, aculturación y despojo territorial que lleva siglos intentando borrar sus formas de vida. Sin embargo, los pueblos han resistido y se han transformado a través de la migración urbana, la defensa legal de sus tierras comunales y la revalorización de sus identidades en el espacio público.
Aun así, es sabido que los gobiernos suelen recurrir a gestos simbólicos superficiales (como renombrar mapas) para intentar saldar deudas históricas estructurales, mientras las realidades de violencia, pobreza y despojo que enfrentan las comunidades indígenas continúan intactas en el país.
Hay un detalle particular en mi trayectoria: estudié la Licenciatura en Historia de México. Recuerdo que un profesor nos comentó el origen del peculiar nombre “Paso de Cortés”. No fue impuesto por los conquistadores, sino por la tradición popular y local de los habitantes de la región durante los siglos posteriores para señalar el sitio exacto por donde penetró la transformación radical de su mundo.
Por eso la propuesta me parece paradójica: alterar o eliminar ese nombre por decreto institucional corre el riesgo de convertir la historia viva en una consigna política pasajera, desconectada de las verdaderas urgencias que hoy asfixian a las comunidades de la región, como la tala ilegal en las faldas del Popocatépetl y la falta de garantías sobre sus territorios.
Alejandro Bravo.
Análisis Existencial
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