EL ESPECTADOR | NÁUSEA

Mientras escribo, me descubro sumergido en una sensación de asco y desagrado.

Alex Bravo
EL ESPECTADOR | NÁUSEA

“Nada. He existido”



Esta vez las palabras se resisten; no sé qué escribir. Me habita un desánimo que no es ausencia, sino una presencia física: una náusea que trepa por el cuerpo y se instala como un dolor punzante en mi cabeza. Mientras escribo, me descubro sumergido en una sensación de asco y desagrado. Inevitablemente, acude a mí Antoine Roquentin, aquel personaje de Sartre que descubrió que las cosas —una raíz, un picaporte, su propia mano— simplemente están ahí, desprovistas de propósito, desnudas de significado. Esa abundancia de ser, gratuita y excesiva, es lo que provoca la repulsión.

La náusea no es una dolencia biológica; es el descubrimiento de que la existencia no tiene justificación. Recuerdo esa entrada mínima y brutal en el diario de Roquentin:


Martes: Nada. He existido”.


Es el momento del despojo absoluto. El protagonista ya no puede refugiarse en sus investigaciones, ni en sus rutinas, ni en el eco de los otros. Quizá sea eso lo que experimento hoy. Normalmente, cubrimos el vacío del “existir” con predicados: soy profesor, soy hijo, soy productivo. Pero al decir “Nada. He existido”, Sartre arranca esas capas. Queda el hecho desnudo de estar ahí, sin un guión previo. La palabra “nada” subraya que no hubo un evento, no hubo un logro; solo el transcurrir puro de un tiempo que no sé si me pertenece o si es el tiempo de los demás.

El tiempo de los otros es el tiempo del reloj y la agenda: un tiempo fragmentado en la hora de trabajar, de comer, de responder mensajes, de tener que ver personas, de llenar formularios universitarios o confirmar entrevistas y reuniones. Es un tiempo justificado por metas, por un “hacia adelante”. Pero cuando miro por la ventana mientras escribo estas líneas, descubro que mi tiempo se ha salido de ese engranaje social. Lo que queda es la contingencia pura. Un tiempo que no va hacia ninguna parte, que simplemente se acumula, volviéndose pesado y viscoso.

Me duele la espalda de solo pensar en la jornada, y entiendo el motivo: Sartre sugiere que normalmente no “existimos” nuestro tiempo, sino que lo “matamos” con actividades para no sentir su abismo. El tiempo de los otros es un refugio; al seguir su ritmo, evito la angustia de decidir qué hacer con mi propia vida. El malestar en mi espalda baja es el precio de mi mutismo.





Ahora una nostalgia me invade. Extraño el bosque y es que solo allí, inmerso en la quietud de los árboles, comprendo que mi tiempo verdadero aparece cuando el ruido externo se extingue. Bajo la sombra de los robles, ya no soy el profesor, ni el académico, ni el hombre que responde mensajes en una pantalla de cristal. Allí, la "nada" de Sartre deja de ser un vacío aterrador para convertirse en un espacio sagrado. El bosque no me pide justificaciones; no me exige metas ni me impone el ritmo de un reloj ajeno. Los árboles simplemente son, y en su presencia, yo también me permito simplemente ser.

Es en ese silencio donde la libertad deja de ser una carga metafísica para transformarse en un susurro entre las hojas. Allí, la responsabilidad total de mi vida se siente ligera, como el peso del musgo sobre la piedra. Sin embargo, al salir de la espesura y regresar al asfalto, el regalo se revela envenenado: descubro que poseo un tiempo que es radicalmente mío, pero qué estoy condenado a gastarlo viviendo en el tiempo de los otros. Me quedo entonces con el recuerdo del frío del bosque en la piel, mientras mi mano sigue escribiendo en este jueves de contingencia, intentando salvar, entre palabra y palabra, un jirón de mi propia existencia.

Una brisa de aire acaricia mi rostro y se hace presente un silencio. Es en ese silencio, que el tiempo se revela como una libertad absoluta y, por lo tanto, como una responsabilidad total. El tiempo de este “martes” es radicalmente mío, pero se siente como un regalo envenenado. Es mi tiempo, sí, pero estoy condenado a habitarlo siguiendo el compás del tiempo de los demás.


*Análisis Existencial


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