Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | NO EXISTENCIA
Cierro la puerta y me dispongo a caminar unas cuadras hacia dónde dejé estacionado el coche.
“yo no existo”
Termino mi jornada en el consultorio. Cierro la puerta y me dispongo a caminar unas cuadras hacia dónde dejé estacionado el coche. Al avanzar, me encuentro con un sujeto sentado en su motocicleta, obstruyendo por completo la banqueta.
Una señora pasa antes que yo y resulta increíble ver que él no se inmuta: no se orilla ni presta la menor atención al hecho de que está estorbando, absorto como está en la pantalla de su celular. Por un lado, me dan ganas de empujarlo; por otro, de quitarlo a la fuerza.
¿Cómo es que su presencia me genera esa reacción?
Esa tensión entre la impulsividad de empujarlo y el deseo de quitarlo nace de la sensación de que, para él, yo no existo. Es también la indignación ante el hecho de que no respete a una mujer mayor.
Esa persona no solo está ocupando físicamente el espacio con su motocicleta; está negando mi presencia como caminante. Al no apartarse, ha clausurado su mundo en torno a su dispositivo; ha convertido la banqueta —un espacio de tránsito compartido— en un reducto privado donde nadie más tiene derecho a estar.
¿Por qué una mujer mayor debe pedir permiso para pasar?
¿Por qué debo bajarme yo a la calle para llegar a mi destino?
Mi reacción nace ante la ruptura del contrato social implícito. Caminar es un acto de confianza en el otro: confío en que, si voy por la banqueta, el otro me dejará pasar. O en viceversa, yo le cederé el paso. Cuando esa norma básica se rompe por la apatía, el cuerpo reacciona con una descarga de energía que busca restablecer el orden. Ese deseo de “empujarlo” o “quitarlo” es, en el fondo, un intento de forzar al otro a reconocerme; un llamado a que “despierte” y note que hay un ser humano que necesita transitar.
Si algo comprendo cada vez que salgo de ese consultorio donde día a día me encuentro con la alteridad, es que para quien ha sido olvidado o abusado, el mundo suele confirmar su “no existencia”.
Vamos por la vida sin ser vistos ni escuchados, ya no solo por extraños, sino por familiares y seres queridos que nos tratan como a desconocidos y de las autoridades y del gobierno, ni se diga. Recientemente compartía en mi grupo de estudio de los martes que cada vez es más difícil contactar con el otro. Parece que la mayoría de las personas están inmersas en una conectividad que las ciega ante lo que las rodea. Al ser el dispositivo móvil el único medio de contacto, valores tan elementales como cederle el paso a una señora o respetar la vía pública van quedando en el olvido.
¿Pero es esto consecuencia de algo más profundo?
Si uno mismo está olvidado y, en cierto modo, perdido de sí mismo en un dispositivo, resulta inevitable que el desenlace sea el olvido de los demás.
*Análisis Existencial
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