Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | PANCHITO
Hace el intento de caminar hacia ellos, pero titubea, retrocede y se limita a contemplarlos desde la distancia.
“Feliz día del Niño”
La niñez se desvanece con la misma fragilidad con la que la pureza abandona los ríos. En el patio, un niño observa a lo lejos cómo juegan sus compañeros. Hace el intento de caminar hacia ellos, pero titubea, retrocede y se limita a contemplarlos desde la distancia. Al final claudica y se sienta en una banca. El sol le quema la piel, pero parece no importarle; desde su rincón, se ha convertido en el testigo silencioso de una diversión que no le pertenece.
Un maestro se acerca, lo observa y le pregunta:
—¿Por qué no juegas?
—No me dejan —responde él con voz tenue.
—¿Quién no te deja? —insiste el profesor.
El niño, sin responder, agacha la cabeza y se aleja del lugar.
Su nombre es Panchito. Debido al mundo en el que fue arrojado para crecer, ahora vive bajo el yugo de sus propias limitaciones. El daño es profundo, a nivel cerebral: un golpe brutal en la cabeza le impide moverse con la agilidad de los demás. Limitado para jugar, limitado para hablar, el aislamiento se ha vuelto su refugio. Prefiere la soledad antes que el sufrimiento de las burlas; así, se transforma en un espectador de un mundo que no se detiene ante su dolor.
Es un dolor con nombre y apellido: su padre. En un hogar amargado por la pobreza y las adicciones, Panchito fue testigo desde muy pequeño de cómo el hombre abusaba de su fuerza contra su madre. La única vez que el niño reunió el valor necesario para defenderla, su padre recordó que él existía. Lo miró y, con el puño cerrado, lo abofeteó; después lo pateó y, con la frialdad de un hierro, remató el castigo en su nuca.
Cuando Panchito despertó en el hospital, el mundo ya era otro. Vio a su madre llorando en silencio y escuchó a su padre explicar a los médicos, con total cinismo, que no sabían cómo se había provocado esa herida en el cráneo. Desde aquel día, el niño jamás volvió a ser el mismo.
Incapaz de seguir el ritmo de los demás, su padre ahora intenta forzarlo a trabajar. «¡Que sirva de algo!», le grita a la madre, quien intenta protegerlo entre la precariedad. Lo envían a la escuela como pueden, pero allí lo "raro" no encaja con lo "normal". En la rigidez de un aula que exige silencio, inmovilidad y perfección, Panchito se pierde. Él sabe que es diferente, y esa dolorosa certeza se reafirma cuando su maestra le grita frente a los demás: «¿Eres tonto o es que no entiendes?». Lo llaman tonto, simplemente porque no puede escribir un nombre que su propio padre intentó borrar de un golpe.
Panchito ya no es un niño, pero el peso del mundo sigue cayendo sobre sus hombros. Mientras se limpia las lágrimas, observa desde su rincón habitual cómo sus antiguos compañeros celebran el 30 de abril. La algarabía inunda el ambiente; todos están emocionados porque mañana, primero de mayo, no habrá clases y el descanso les pertenece.
Sin embargo, para él, el calendario no ofrece tregua. Mientras los demás planean su día libre, Panchito sabe que su jornada será distinta: le espera el cansancio de las cargas pesadas y el ir y venir de los mandados. Para el resto, es un día de asueto; para él, es solo otro día de supervivencia en un mundo que dejó de ser un juego hace mucho tiempo.
Terapeuta Existencial.
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