EL ESPECTADOR | POBRE DE MUNDO
Las semanas siguientes han impuesto una memoria distinta: el mes en que cayó el último gran capo.
“¿Acaso ese gato no se preocupa?”
Alex Bravo*
¿Dónde quedaron las flores y los chocolates? ¿Dónde quedo los corazones y las parejas caminando por la calle? Hoy culmina febrero, el mes del amor; aunque, en realidad, la emoción apenas duró un día. Las semanas siguientes han impuesto una memoria distinta: el mes en que cayó el último gran capo. Mientras las noticias anuncian la posible cancelación del mundial y el presidente de Estados Unidos se adjudica la "luz verde" de la operación, el movimiento social del mundo me resulta extraño. Hace apenas dos meses, la Navidad ofrecía un respiro de esperanza; hoy, esa esperanza parece extraviada.
Mañana inicia marzo. ¿Qué noticias ocuparán el primer plano? Recibiremos la primavera, pero ¿desaparecerán las heladas para dar paso a días calurosos? Todo me resulta cada vez más ajeno. El mundo que conocí hace años ha mutado en uno violento, donde la amenaza es una constante. En México, parece que nos hemos habituado a esta ola de violencia, integrándola a la cotidianidad. Sin embargo, al ver la prensa extranjera, percibo su asombro ante un país que puede quedar paralizado por una sola orden criminal. Clases suspendidas, calles vacías y la recomendación oficial de no salir.
Recuerdo que, la mañana después del suceso, veía a Ricardo Ravelo en Aristegui Noticias. Mientras él analizaba cómo el cártel paralizó regiones enteras tras el operativo, su gato aparecía al fondo, habitando la sala. El animal jugaba con el sillón, se bañaba con parsimonia y finalmente trepaba para sentarse a observar. Me quedé impactado. No por la noticia, sino por el gato: él estaba siendo, simplemente, lo que es.
¿Acaso ese gato no se preocupa? La pregunta es un dilema que seguramente generará polémica, pero me atrevo a decir que no. El gato no se preocupa porque, en términos estrictamente heideggerianos, el gato no tiene "mundo".
Para Heidegger, el animal está "pobre de mundo" (weltarm), atrapado en sus impulsos y cautivado por su entorno. El gato no ve un "sillón" como un objeto con una función o una posibilidad de unirse al análisis; solo reacciona a él como una superficie para brincar o descansar. Está encerrado en su propia naturaleza. Y, sin embargo, me pregunto si nosotros no estamos igual de encerrados.
Aunque no uso redes sociales, me enteré del caos cuando alguien me recomendó no salir, sabiendo que viajo en autobús. Ante la posible cancelación de corridas y el cierre de la central, decidí seguir el consejo. Ya he vivido dos sucesos similares y no quise exponerme. Al encender la televisión, vi el mapa: 22 estados en focos rojos. Me recordó al avance del COVID; otra vez, el encierro.
Afortunadamente, la situación no escaló, pero me quedé pensando en cómo caemos en un "encierro" que se vuelve un laberinto sin salida. Un laberinto construido con pensamientos que nos hacen sentir expuestos, vulnerables, en peligro y, a veces, profundamente avergonzados de la realidad que nos rodea.
Mientras miro por la ventana y contemplo el último atardecer de febrero, pienso que quizá debo dejar al gato 'ser gato' en su propio misterio, sin intentar humanizarlo ni explicarlo. Y, tal vez, eso que me 'encierra' en mis propias preocupaciones deba también dejarlo ser; aceptarlo como el clima de mi propia existencia, mientras el sol termina de ocultarse.
Hasta pronto.
*Análisis Existencial