Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | UN HERMETISMO CONSTRUIDO
Este fenómeno, que parece normalizarse semanalmente en las noticias, exige una pausa para analizar la contradicción profunda que subyace al comportamiento de las masas.
“¡Mírenme, existo, estoy aquí y soy parte de algo!”
Es perturbador cómo una celebración colectiva —como el triunfo de la Selección Mexicana—, que debería ser un ejercicio de alegría y pertenencia, termina frecuentemente en violencia o atropellamientos. Este fenómeno, que parece normalizarse semanalmente en las noticias, exige una pausa para analizar la contradicción profunda que subyace al comportamiento de las masas.
Cuando el individuo se sumerge en la multitud, resulta inevitable evocar a Ortega y Gasset. El sujeto, al perder temporalmente su identidad individual para adoptar la del colectivo, experimenta un proceso de despersonalización: la percepción del riesgo, el límite ético y la responsabilidad personal se diluyen. El "festejo" se desborda y el espacio público se toma sin reglas. Lo que observamos en los medios es una combinación letal: el consumo desmedido de alcohol y el uso del automóvil como instrumento de celebración, donde la euforia se transforma en negligencia criminal. Aunque este descontrol no es exclusivo de nuestro país —como bien muestran los disturbios en los Campos Elíseos tras victorias del PSG o los incidentes en Inglaterra e Italia—, en México adquiere matices propios.
Aquí es donde Octavio Paz nos ofrece una clave fundamental: “Si en la vida diaria nos ocultamos a nosotros mismos, en el remolino de la fiesta nos disparamos. Más que abrirnos, nos desgarramos”. Paz sostiene que nuestro hermetismo cotidiano nos cierra las vías de comunicación con el mundo; protegidos tras una máscara de cortesía y silencio, nuestra contención es insostenible. Por ello, la fiesta no es simple diversión, sino una válvula de escape de una presión acumulada. El festejo debe ser violento, ruidoso y desmesurado porque es la única forma de romper esa armadura: el "alarido" sustituye a la palabra.
Lo más trágico, como señala Paz, es que en ese clímax colectivo seguimos estando solos. Conocemos el monólogo y el delirio, pero no el diálogo. En la masa, la gente grita junta, pero no se comunica. Hoy, incluso, este fenómeno está más disociado; baste ver a los influencers que, en lugar de vivir el partido, graban su reacción para generar contenido, convirtiéndose en el ejemplo perfecto de la alienación digital.
Para Paz, la carencia de diálogo —que implica reconocer al otro y abrirse pacíficamente— convierte a la fiesta en una catarsis destructiva. El destrozo material y la violencia física se vuelven el desenlace natural de una masa que no sabe vincularse de otra manera. Quizá, en última instancia, esta violencia sea una manifestación de cómo hemos normalizado el horror: hoy, el conteo de desapariciones, asesinatos y robos es cubierto, con alarmante facilidad, por el estruendo de los festejos deportivos.
Es curioso: Paz hablaba de un hermetismo construido a base de cortesía y máscaras sociales, pero hoy nuestro hermetismo es, además, tecnológico. Vivimos hiperconectados y, a la vez, profundamente aislados, refugiados tras las pantallas y consumiendo narrativas individuales. La vida diaria sigue siendo un espacio donde nos ocultamos, mostrando solo fragmentos editados de nuestra existencia. La necesidad de una catarsis que nos arranque de ese aislamiento es, quizás, más desesperada ahora que en 1950. Basta con observar cómo, ante cualquier evento, la urgencia colectiva es subir una historia o postear un apoyo: la experiencia no es válida si no es vista.
Las palabras de Paz no solo siguen vigentes; la modernidad las ha radicalizado. Hoy, el péndulo entre el hermetismo y el desgarre es mucho más agudo. Cuando llega la fiesta —como el triunfo futbolístico—, el "disparo" del que hablaba Paz ya no solo busca un desahogo físico en la calle, sino una validación externa de ese desahogo. Necesitamos que el alarido sea registrado, grabado y compartido. Si antes el festejo era una forma de romper la armadura a gritos, ahora es un intento ruidoso de gritarle al mundo: "¡Mírenme, existo, estoy aquí y soy parte de algo!”.
La observación de Paz sobre que "conocemos el delirio, la canción y el monólogo, pero no el diálogo" es la definición perfecta de la masa actual. En las calles, durante estas celebraciones, no hay un encuentro real con el otro; hay una multitud de individuos ejecutando su propio delirio en paralelo. El espacio público ya no se habita como un lugar de comunión o respeto por el conciudadano, sino como un escenario de descarga narcisista.
Miremos con atención las noticias: aquellos que mantienen limpia la ciudad son los últimos en retirarse. Permanecen allí, testigos anónimos de la resaca social, observándose en silencio mientras recuerdan, quizás, lo invisibles que resultan para quienes, en medio del festejo, desechan sin miramientos los restos de su propio consumo.
Al final, parece que seguimos atrapados en la misma encrucijada existencial que Paz denunciaba: utilizamos la masa y el festejo trágico como un intento fallido de romper nuestra soledad, cuando, en realidad, lo único que logramos es escenificarla de forma violenta.
Alejandro Bravo.
Análisis Existencial
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